José Antonio Bastos: “En España, el instinto solidario es muy fuerte”

En 1971, un pequeño grupo de médicos y periodistas entusiastas fundó en París Médicos Sin Fronteras (MSF). Posiblemente, ninguno de ellos hubiera vaticinado el papel que esta ONG, que en 1999 recibió el premio Nobel de la Paz, iba a jugar en la cooperación internacional. Cuarenta años más tarde, su misión sigue siendo la misma: dar asistencia médica a poblaciones en situaciones de crisis. No importa la raza. No importa la ideología. No importa la religión.

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—360: 40 años de ayuda médica humanitaria. ¿Cómo ha evolucionado MSF en estas cuatro décadas?

—Bastos: Ha evolucionado sobre todo creciendo. En un principio, fue una organización pequeña, formada por un grupo de médicos y periodistas entusiastas de Francia, y, poco a poco, se fueron sumando profesionales de Bélgica, Holanda, Suiza y España. Hoy, tenemos 22 oficinas en el mundo, cerca de 22.000 profesionales en el terreno y contamos con el apoyo de más de 3,8 millones de socios, por lo que lo primero que destacaría es este importante crecimiento. Creo que, en tamaño, somos la primera organización médico-humanitaria del mundo, lo que significa una responsabilidad tremendamente importante y tampoco sé si es eso lo que queríamos cuando creamos MSF; no pretendíamos ser los campeones de nada. También hemos evolucionado en cuanto a la adaptación a los retos que nos vamos encontrando, hemos aprendido a convivir con tomas de decisiones tan difíciles como, por ejemplo, el abandono de los campos de refugiados ruandeses después del genocidio. Creo que en la última década hemos roto también el tabú de influir en las decisiones estructurales. En MSF, como organización humanitaria, siempre tenemos el prurito de neutralidad. Es decir, no somos técnicos de resolución de conflictos ni sabemos sobre guerras, nuestro campo es la medicina y la atención a las víctimas y nos mantenemos al margen de las causas de cada guerra porque queremos seguir siendo aceptados en cada sitio. Pero, en el terreno médico, hemos roto ese tabú y, desde hace 10 años, con la campaña de acceso a medicamentos, hemos estado trabajando y movilizando un activismo importante.

—360: Una de sus principales denuncias son las enfermedades olvidadas. ¿Cómo puede abordarse este desafío?

—B: Lo primero es combatir el olvido. Hay que conseguir que los medios de comunicación le presten más atención. Lo segundo, desde la lógica de MSF, es trabajar en la asistencia de primera mano en el terreno allí donde se han desarrollado estas enfermedades, como en Bolivia con el chagas, en Sudán o en India con el kala azar, por ejemplo. En tercer lugar, es necesario optimizar el acceso a las soluciones que ya existen: herramientas diagnósticas, medicamentos que en muchos casos no pueden llegar a los pacientes porque son demasiado caros o porque las leyes de patentes o de exportación e importación los bloquean. Y, por último, hay que luchar para que se investigue en esos medicamentos que no existen. Una de las características en torno a las enfermedades olvidadas es que los tratamientos son muy primitivos, fueron desarrollados en los años 40 y 50, y son muy tóxicos y tienen muchos efectos secundarios porque no se ha investigado más. Ese último eje sería estimular la I+D para estas enfermedades.

—360: La innovación y la voluntad política parecen en este caso indisolubles…

—B: Es muy importante la voluntad política de la industria farmacéutica, del mundo académico y de los gobiernos donde viven estas poblaciones. Hay gobiernos que se preocupan en un grado muy variable de sus poblaciones marginales. La población rural del altiplano para el Gobierno de Perú, por poner un ejemplo, no ha sido tradicionalmente una de sus prioridades. Los gobiernos de los países beneficiarios también tienen que adoptar una política mucho más comprometida.

Un todoterreno de la cooperación

José Antonio Bastos, presidente de MSF en España, realizó su primera misión en terreno en 1991, en la frontera entre Turquía e Irak, asistiendo a los refugiados kurdos que huían de este último país durante la Primera Guerra del Golfo. Desde entonces, ha viajado a muchos países para hacer frente a crisis humanitarias: Bolivia, Kenia, Somalia, Tanzania, Ruanda, República Democrática del Congo, Angola... Bastos es un todoterreno de la cooperación, un tipo con mucha historia a sus espaldas que conoce a fondo los entresijos de la ayuda humanitaria. Una de sus mayores preocupaciones es la creciente politización y militarización de la cooperación internacional.

—360: ¿Cuáles son los riesgos de estas injerencias?

—B: Creo que no son un riesgo. Creo que se trata de una triste realidad. La politización y la militarización de la ayuda humanitaria son los aspectos más feos en una iniciativa de solidaridad humana y de un gesto bienintencionado de la sociedad civil. En los años 80, lo humanitario era completamente desconocido. En los 90, se abrieron todas las oficinas por el auge humanitario que existe en Naciones Unidas y en los ministerios de exteriores de países occidentales. Todo esto se crea en los 90, antes no existía, y se crea a raíz de la popularidad de unas cuantas intervenciones humanitarias, como fueron los refugiados kurdos tras la Primera Guerra del Golfo en el 91 o la guerra y la hambruna en Somalia. Este tipo de ayudas se convirtieron en algo muy notorio, de lo que podía sacarse rendimiento político, de modo que, al mismo tiempo que se producía una mayor aceptación y conocimiento, la ayuda humanitaria moría por su propio éxito. Se convirtió en algo manejado por intereses políticos y económicos, y los militares no fueron menos. En el plano político, creo que siempre ha habido manipulación; seguramente desde los tiempos del Imperio Romano hasta ahora siempre se ha intentado favorecer a los aliados. Eso, al final, no está tan mal: la ayuda humanitaria cuyo sesgo político conduce a la ayuda de una cierta población sirve de mucho. Lo que constatamos con mucha preocupación últimamente es la interferencia política para denegar ayuda a poblaciones que la necesitan.

—360: La crisis afecta directamente a la cooperación internacional y a la ayuda al desarrollo. ¿Cómo está afectando esta realidad a MSF?

—B: MSF se financia entre un 80 y un 90% con fondos privados y hemos tenido muy poco impacto en la financiación directa. Lo que nos preocupa mucho es el impacto que la crisis está teniendo en las poblaciones a las que asistimos. Las poblaciones más desfavorecidas del mundo han estado recibiendo durante mucho tiempo ayuda oficial al desarrollo que, con mayor o menor fortuna, contribuía a mantener esas economías. En esos países, ha aumentado muchísimo la fragilidad de sus poblaciones. Los programas de educación, de desarrollo agrícola, el mantenimiento de carreteras… todo esto está colapsando y tendrá un impacto final en la salud y un impacto directo en la calidad de vida y en las posibilidades de desarrollo.

—360: ¿Cree que el sector privado debería apostar por una corresponsabilidad en la cooperación internacional que vaya más allá de las simples donaciones económicas?

—B: Sí. Ya está sucediendo. Lo primero es que esa implicación del sector privado no debería tener como consecuencia desresponsabilizar a los estados. Los estados más afortunados del mundo tienen una responsabilidad moral, histórica y legal en muchos casos, de apoyar a las personas más necesitadas del mundo. Las iniciativas privadas son muy necesarias. Tenemos el ejemplo de la Fundación Bill y Melinda Gates, aunque es un ejemplo extremo, porque ellos han retomado toda una agenda para hacer ayuda humanitaria. Pero creo también que la responsabilidad social de una empresa ha de empezar por los impactos sociales, humanos y medioambientales de la actividad esa compañía.

—360: Mirando al sector de las ONG en su conjunto, ¿cuáles son los principales retos que afrontan para seguir siendo agentes de transformación social en el siglo XXI?

—B: Bueno, no creo que yo esté legitimado para hablar de las otras ONG. Yo puedo hablar sobre Médicos Sin Fronteras, pero creo que un factor importantísimo que hemos aprendido de esta crisis es la independencia. Es muy importante que las iniciativas de la sociedad civil mantengan en la mayor medida posible su independencia respecto a las ayudas oficiales. Depender de la situación económica y financiera de un país te sitúa en una posición muy frágil. Además, esa independencia financiera te garantiza que el único motivo por el que intervienes es por las necesidades de esas poblaciones. Es la única garantía de que no hay ningún sesgo político ni diplomático en las actuaciones. En general, la financiación oficial viene con un precio, que es seguir las directrices políticas de quienes te financian. Otro factor clave es la transparencia. Pensar que, como lo que hacemos es muy bienintencionado, estamos legitimados para hacer las cosas sin rendir cuentas es una gran equivocación. En MSF, donde preferimos financiarnos con fondos privados de individuos para mantener esa independencia, tenemos una responsabilidad mayor a la hora de justificar lo que hacemos con esos fondos. Para las ONG, la transparencia es clave.

No ganamos solo en fútbol

En nuestro imaginario colectivo, los ciudadanos españoles nos presentamos ante nosotros mismos como un pueblo solidario. ¿Responde esta imagen a la realidad? Bastos defiende que “para MSF la respuesta es radicalmente sí”. En un momento tan difícil como el que atravesamos, es un alivio saber que nuestro país no solo gana mundiales de fútbol. Si hacemos caso al máximo representante de Médicos Sin Fronteras en España, también nos llevamos la medalla de oro de la liga de la solidaridad. “En MSF hay cinco secciones operacionales: España, Francia, Holanda, Bélgica y Suiza. De ellas, España es con mucha diferencia la que percibe más fondos de nuestra propia sociedad civil. Es un porcentaje altísimo: cerca de medio millón de personas”.

—360: ¿Y no ha afectado la crisis?

—B: Precisamente, lo más importante ha sido la respuesta de la sociedad española ante la crisis financiera: MSF España no ha dejado de crecer en los últimos cuatro o cinco años. Si pensamos en lo que ha ocurrido en España en los últimos tres años, indica que el instinto solidario del español es muy fuerte. Para nosotros es una lección de generosidad y de solidaridad, además de un estímulo muy fuerte.

Etiquetas: Entrevista

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