Jubilados voluntarios: la solidaridad no tiene edad

Eduardo Berzosa pasó 20 años de su vida colaborando con el Banco de Alimentos de Madrid. Se unió con 75, pero la edad nunca fue un impedimento para el voluntario más longevo de la entidad. Padre de ocho hijos, abuelo de 20 nietos y bisabuelo de otros diez, nos cuenta su historia.

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Cuando alguien tiene la oportunidad de hablar con Eduardo Berzosa (Madrid, 98 años), logra entender todo lo que le han contado sobre él quienes más lo conocen. Las palabras de cariño y admiración no son casuales. Con 75 años y recién jubilado, este trabajador “incansable”, como lo definen, decidió dar un paso que marcaría una de las etapas importantes de su vida: se unió como voluntario al Banco de Alimentos de Madrid. Las dos décadas colaborando con la entidad le han valido numerosos reconocimientos por parte de sus compañeros, familiares y amigos. Ahora, ya retirado de su actividad como voluntario, las palabras de agradecimiento no parecen suficientes cuando le preguntan por sus años de ayuda desinteresada a quienes más lo necesitan. 

Corría el mes diciembre de 1994 cuando Berzosa comenzaba su andadura por la institución, que entonces daba sus primeros pasos en la capital (había sido fundada en el mes de septiembre de ese mismo año). Todo empezó cuando Enrique, uno de sus hijos, le comentó que había visto un anuncio en un periódico donde buscaban voluntarios para una nueva organización. “Cuando me jubilé, decidí que tenía que hacer algo más. Por mis negocios, yo había tenido una vida muy activa y necesitaba seguir haciendo cosas”, cuenta a 360 durante una conversación telefónica. Y es que Eduardo, además de haber pasado varios años en el Ejército en su etapa más joven, también decidió emprender y tuvo varios negocios dedicados a la venta de artículos de deporte.

“Cuando me presenté como voluntario les dije que los podía apoyar con un vehículo que conservaba de mis de negocios anteriores y eso me abrió las puertas. En definitiva: yo entré en el banco gracias a mi furgoneta”, explica entre risas. Así se convirtió en conductor del Banco de Alimentos de Madrid, que en sus precarios inicios utilizaba los vehículos particulares de los trabajadores para poder realizar los repartos por toda la Comunidad. “Todos estaban encantados, aunque al principio les hubiese resultado extraño que un hombre con mi edad quisiera ser voluntario”, rememora Berzosa.

En el trascurso de su larga etapa colaborando en el banco, se dedicó a múltiples tareas: desde desarrollar labores administrativas hasta conducir y transportar los alimentos en su vehículo, lo que le llevó a recorrer cada rincón de la ciudad capitalina. Antes de retirarse, trabajó en el Departamento de Distribución asegurándose de que los suministros llegaran a su destino. Eduardo buscaba ser uno más. No pretendía ocupar un puesto de responsabilidad y así se lo manifestó a quienes trabajan con él. “Yo no quería ningún cargo. Tuve ocho hijos y tres empresas, solo deseaba trabajar por y para los demás”. Cada día, durante 20 años, Eduardo desempeñó su labor de diez de la mañana a tres de la tarde y de lunes a viernes. Solo un accidente –que finalmente quedó en un susto– le hizo parar su actividad, que rápidamente retomó.

Casado con Carmen desde hace 72 años y con una familia que suma ocho hijos, veinte nietos y diez bisnietos, Eduardo ha cumplido 98 primaveras y muestra una gran vitalidad, aunque se empeñe en decir lo contrario. Ávido con las palabras, se le apelotonan contando su historia. “Me encanta la comunicación con mis semejantes, me entiendo muy bien con las personas”, afirma. 

Los 98 años de Eduardo, como él mismo dice, “son muchos años”, y tiene tiempo para compartir todo lo que ha vivido. “Yo vi nacer el teléfono. Cada vez que veo los adelantos informáticos que hay ahora, pienso: ‘Si yo hubiera tenido estos adelantos, qué felicidad’”, cuenta mientras recuerda aquellos domingos en el Parque del Retiro con toda la familia llevando la contabilidad de las tiendas que regentaba: “¡Cuánto tiempo me hubiesen ahorrado!”. Conserva todos sus recuerdos intactos, y son muchas las personas que lo recuerdan a él. “No puedo más que agradecer”, concluye. 

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