Niños refugiados: hijos de la guerra

Cerca de 50 millones de niños refugiados deambulan por distintos puntos del planeta. Más de la mitad se han visto forzados a huir de sus casas por la violencia o la guerra. Viajar solos los convierte en el blanco perfecto de las redes de tráfico y otras organizaciones criminales. Son la cara más frágil de la llamada “crisis migratoria”.

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Los niños refugiados nacieron bajo las bombas y hoy duermen lejos de sus casas. En una acera, una noche. Otra, en un andén. O en un descampado. Desconocen qué tendrán por cama al día siguiente. Tampoco tienen certeza de cuál será su destino. Pero saben muy bien de lo que huyen. No sonríen a la cámara. Sus retinas almacenan demasiada violencia. Sus rostros han sido captados a través de los objetivos de los reporteros gráficos que cubren este drama humanitario a las puertas del Viejo Continente.

La guerra ha castrado su infancia. Les ha sacado de sus casas. Pero no les ha amputado las ganas de soñar. Como cualquier crío, en cualquier lugar del mundo, cuentan qué quieren ser de mayores. Relatos de esperanza que a veces solo las crónicas periodísticas convierten en eternos. Y que se difuminan cuando el mundo amanece con un Aylan tumbado boca abajo en una playa turca.

Niños refugiados, un problema  creciente y desproporcionado 

Son casi 50 millones los menores que hoy deambulan, con o sin rumbo, por distintos puntos del planeta. De todos ellos, cerca de 28 millones se han visto forzados a huir por conflictos. Unicef advierte que los niños refugiados representan un “porcentaje desproporcionado y creciente” de todos los desplazados y suponen casi la mitad de todos los refugiados que hay en el mundo. Muchos –la fría cifra de 26.000– entraron solos en Europa mezclados con el flujo migratorio durante 2015, el triple que en 2014. Estos niños no acompañados solicitaron asilo en 78 países. Algunos fueron enviados por su familia hacia Europa para que, una vez allí, se reunieran con otros familiares o amigos. Otros, simplemente, perdieron a sus padres por el camino.

Del total de niños bajo protección del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (Acnur), un 45% proceden de Siria y Afganistán. Pero, pese a la intensidad del debate sobre los refugiados y los migrantes en Europa y Estados Unidos, el grueso del problema se da precisamente lejos de allí. Los diez países que acogen más refugiados están en Asia y África, con Turquía a la cabeza en términos absolutos, y con países como el Líbano, donde aproximadamente uno de cada cinco habitantes es refugiado. “En Europa, muchos Gobiernos sienten que esta es una crisis abrumadora, pero es importante recordar que la mayor carga la asumen, con mucha diferencia, los países de la región donde se producen las crisis”, subraya Justin Forsyth, director de Unicef.

Un peligro en cada etapa del camino 

El 31 de diciembre de 2016 despedíamos un año que había registrado el mayor número de desplazados y refugiados desde la Segunda Guerra Mundial. Ese mismo día, los titulares volvían a escupir un dramático dato: al menos 10.000 niños refugiados habían desaparecido en Europa, sin haber una integración social de refugiados real. “No es disparatado que estemos buscando a 10.000 niños e incluso a más”, afirmaba la Europol en un comunicado publicado por The Guardian. Después de registrarse en el país de llegada, la organización les perdió la pista. Unos 5.000 desaparecieron solo en Italia. La Policía informaba de una “nueva organización criminal de tráfico de personas”, muy sofisticada, aparecida en el último año.

En efecto, los menores son la cara más frágil de esta llamada “crisis migratoria”. Unicef recuerda que aquellos que viajan solos están muy expuestos a sufrir abusos por parte de contrabandistas y redes de tráfico. “Los niños no acompañados dependen generalmente de los traficantes de seres humanos y están sometidos a un sistema de ‘pago sobre la marcha’ (deben pagar en diferentes fases del camino si quieren seguir adelante), un sistema que les expone a la explotación”, denuncian desde Unicef. “Si tratábamos de escapar, nos disparaban. Si dejábamos de trabajar, nos golpeaban. Era igual que la esclavitud”, confiesa en declaraciones a esta organización Aimamo, de 16 años, al recordar la granja de Libia donde él y su hermano gemelo trabajaron durante dos meses para pagar a los traficantes.

Otros han sido sometidos a agresiones sexuales u obligados a prostituirse. “La situación ha empeorado desde la firma del acuerdo entre la UE y Turquía. No salen tantas personas como salían, pero salen con el triple de riesgo. (...) Las mujeres y los niños refugiados son las víctimas más desfavorables en este trayecto. Y los que siempre salen beneficiados son las mafias”, explica Laura Lanuza, responsable de Comunicación y Relaciones Exteriores de la ONG Proactiva Open Arms.

“Es una situación silenciosa y desesperada: son invisibles y por tanto están abandonados. Sin embargo, hay decenas de miles de niños que corren peligro todos los días, y cientos de miles más están dispuestos a arriesgarlo todo”, denuncia Marie Pierre Poirier, coordinadora especial de Unicef para la crisis de los refugiados y migrantes en Europa. “Necesitamos proteger urgentemente a estos niños de todos los tipos de abusos y explotación que sufren de manos de quienes se aprovechan de sus sueños”.

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