¿Cómo la sequía afecta a nuestra factura de la luz?

Los hogares españoles pagaron en 2017 unos 80 euros más por electricidad que en 2016. La falta de lluvia ha disparado el precio, en parte, por un modelo energético que necesita una revisión urgente.

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El pasado lunes 23 de octubre, entre las siete y las diez de la tarde, la electricidad alcanzó su mayor precio anual. No fue un día especialmente frío, ni caluroso. Tampoco escasean las horas de luz ese mes. El motivo fue la sequía dramática que ha sufrido nuestro país en 2017. Y a raíz de este problema, vuelve a aflorar la necesidad urgente de apostar definitivamente por las fuentes renovables. Pero, ¿ realmente la sequía afecta a nuestra factura de la luz?

La ausencia de lluvia y viento impide recurrir a la energía hidráulica o eólica. Y por eso hubo que hacer un uso superior de las centrales térmicas y las de ciclo combinado. O lo que es lo mismo: la quema de carbón y el gas natural, sujetos generalmente a costes elevados y, sobre todo, variables: el precio de estos combustibles fósiles depende de la cotización que tengan en sus respectivos mercados. Y los picos recalan, finalmente, en la factura de la luz del consumidor.

¿Realmente la sequía afecta a nuestra factura de la luz?

La sequía que nos asuela tiene efectos en la calidad del aire y en nuestra salud, y también en nuestro bolsillo. Entre enero y noviembre, según datos del Ministerio de Energía, Turismo y Agenda Digital, el coste de la luz en los hogares españoles subió una media de un 12%; en Europa, ha caído un 0,5%. Esto ha costado, a cada familia, 74 euros más que en el mismo periodo del año anterior.

Los embalses, en España, están a un tercio de su capacidad por la falta de lluvias, el nivel más bajo en más de dos décadas, según datos del Ministerio de Agricultura. Esto ha supuesto que la producción hidráulica, como confirma Red Eléctrica (REE), haya tenido sus peores valores desde que existen registros, esto es, desde 1990. En 2016 representaba el 15% de toda la generación de la electricidad. En 2017, no pasó de la mitad.

El viento y el agua salen mucho más baratos que la quema de carbón o el procesamiento de gas natural. Una vez amortizada la inversión en tecnología e infraestructuras, su coste es casi igual a cero. Los combustibles fósiles, por contra, se han disparado en el último año: un 7% el gas natural y un 12% el carbón. Esto, unido a la sequía, también supone un menoscabo en las cuentas de las principales compañías eléctricas: Endesa, Iberdrola y Gas Natural Fenosa anunciaron que en los primeros nueve meses de 2017 ingresaron 733 millones de euros menos que en el mismo periodo del ejercicio anterior.

El cambio climático afecta a la previsibilidad de las lluvias

El problema de las energías eólica e hídrica es su imprevisibilidad. Un rasgo que el cambio climático acentúa. La fotovoltaica (y más en estos periodos de mínima pluviosidad) podría compensar esto en parte. Es otra fuente renovable que, tras la inversión que supone su implantación, reduce drásticamente los costes. En nuestro país hubo una política de incentivos que nos convirtieron en una referencia europea. Hace unos años se cortó en seco y, a día de hoy, mientras que en Alemania hay 42.000 megavatios disponibles al año, en España disponemos de 4.500, que cubren solo un 3% de la demanda total. Obsta decir que el sol es un bien mucho más abundante en nuestro país.

Queda claro que, frente a las consecuencias del calentamiento global, que arrastrarán esta y otras sequías, el modelo energético en España necesita una revisión urgente: las tarifas volátiles, que tienen poco que ver con la oferta y la demanda y mucho con el arcaico sistema de subastas y los costes variables de los combustibles fósiles, y un impulso insuficiente a las renovables, desde la plataforma Nuevo Modelo Energético advierten de que "el problema de la sequía se ve agravado por las normas establecidas en el sistema eléctrico”. Y reclaman: "Hay que cambiar las reglas del juego".

Etiquetas: Contaminación