Victor Viñuales: “En el cambio climático se está gobernando contra la ciencia”

Cambio climático. Salud y medioambiente. Consumo responsable. Cooperación al desarrollo. Esas son las coordenadas que trazan la cartografía en la que se mueve Ecología y Desarrollo (Ecodes), una organización fundada en los años 80 en Zaragoza con el objetivo de trabajar de forma global en un cambio de modelo hacia el desarrollo sostenible. Su fundador, Víctor Viñuales, reflexiona en esta entrevista sobre los retos medioambientales y sociales de este siglo XXI.

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—360: La situación que atravesamos, unida al empuje de regiones como Asia o India, está poniendo en peligro los cimientos del Estado del Bienestar.

—Víctor Viñuales: Se puede ver desde distintos puntos de vista. En un mundo de siete mil millones de seres humanos, para que haya un desarrollo benéfico para todos, y para los hijos y nietos de esos siete mil millones, posiblemente tiene que haber un decrecimiento en el consumo de los países que hoy consumen mucho. Tampoco pasaría nada porque en Europa hubiera ese decrecimiento en el consumo de los recursos. ¿O es razonable que para cada municipio de España haya un AVE? Ahora, ¿tener un AVE es Estado del Bienestar? No, es estado tendrán que hacerse de otra manera. Todos tenemos la sensación de que los 50 aeropuertos que hay en este país (frente a un país como Alemania que tiene 18) no aportan sustantivas dosis de bienestar a la población española y que con menos seríamos igualmente felices o más. Sin embargo, hay otras cosas que sí que aportan bienestar, como el que nuestros viejitos tengan una prestación para que puedan pasar razonablemente felices los últimos años de sus vidas. La crisis debe ayudarnos a separar lo que es importante de lo que no lo es. Tener menos aeropuertos o menos autovías, no es importante; tener menos pensiones o una sanidad pública que funcione, sí es importante. Dedicar menos a Defensa, que puede no serlo tanto, o que se reduzca esa extraordinaria burbuja financiera, que tampoco aporta mucho al bienestar de la población. Tenemos que repensarnos. Pero los deseos de seguridad y de bienestar no son solo de los europeos. ¿Es que alguien conoce a un brasileño que no quiera que sus viejitos tengan pensión? ¿O que no quiera una sanidad para todos o una educación para sus hijos? La situación nos obliga a repensarnos y a diferenciar lo importante de lo accesorio.

—360: El pensador Zygmunt Bauman habla sobre una sociedad líquida, con valores líquidos. Los movimientos ciudadanos que han surgido parece que no terminan de articularse. ¿Son también movimientos de protesta líquidos?

—V: Es difícil que se haga de otra manera. Lo masivo, muchas veces, es un estallido. Los primeros meses del enamoramiento son un estallido y a lo mejor, después, eso acaba en matrimonio o no. Coexisten estallidos con estructuras y, seguramente, aquí la clave es cómo canalizar esa energía (que muchas veces se hace en clave de protesta), cómo hacer que eso se transforme en propuestas que creen una nueva realidad. Efectivamente, tenemos que tener una postura reactiva ante cosas que pasan, pero también tenemos que construir. No debemos esperar a que cambie todo en nuestro círculo para empezar a cambiar las cosas. Creo que hay que combinar la protesta con la propuesta; y ahí es donde coincido en que falta articular lo espontáneo con lo organizado.

—360: La crisis y la globalización nos muestran una realidad compleja, con grandes retos que afrontar.

—V: Cuando hablamos de crisis a veces da la impresión de que solo hay una; pero tenemos una múltiple crisis: una económica, una social y una ambiental enorme; y trufándolo todo tenemos una crisis de valores, cultural. No estamos hablando solo de lo material; estamos hablando de maneras de ser y de vivir. El desafío que tenemos es que deberíamos resolver todas esas crisis a la vez, como en un sudoku, y eso es más complicado; porque lo que no vale son soluciones unilaterales. Es decir, que para resolver el problema medioambiental lo que hagamos sea cerrar las fábricas de coches, o para resolver la crisis económica, contaminar todos los ríos y océanos. Tenemos que construir un modelo de desarrollo donde resolvamos a la vez todos los desafíos. Y esto exige que estas distintas dimensiones de la crisis dialoguen entre sí. No es posible resolver la pobreza en el mundo sin atajar el cambio climático, cada vez hay más inmigrantes que provienen del cambio climático; pero tampoco es posible resolver los problemas ambientales sin afrontar la pobreza, los pobres muchas veces consumen mucha leña. ¿Y se pueden resolver los problemas de deforestación sin resolver las medidas de los pobres? Lo tenemos que resolver a la vez. Tampoco se resuelve la crisis solo con la cooperación con el Sur, porque también tenemos que cambiar el Norte.

—360: Uno de los retos en las sociedades libres es la transparencia. ¿Estamos sentando las bases para acabar con la opacidad en las instituciones?

—V: Yo creo que el tema de la transparencia va a ir a mejor, porque en el siglo de Twitter no es tan fácil lograr que no se sepa lo que no quieres que se sepa. De hecho, la resolución de muchas de las últimas crisis que hemos vivido hubiese sido otra sin Twitter. La propia crisis del Rey y los elefantes, sin redes sociales, hubiese sido otra cosa. Ahora vivimos en un mundo con Facebook y redes sociales, donde una cosa que ocurre en Sudáfrica al instante siguiente se puede saber en Nueva York. Y eso da una fragilidad también a la Administración Pública, a los gobiernos, a las empresas. El tema de la transparencia es crítico contra la corrupción, crítico para que haya una buena gobernanza. A partir de esa transparencia puede haber posibilidades de transformación.

—360: ¿Se merece nuestra clase política el descrédito en el que ha caído?

—V: Desde mi punto de vista y mirándolo de forma radical, esa crítica generalista muchas veces está emparentada con el franquismo que vivimos en este país durante cuarenta años, donde efectivamente el discurso era todos los políticos son muy malos, la política es mala. Todo eso tiene un tufo populista del que puede salir cualquier cosa. Hay que discriminar, somos lo suficientemente adultos como para ser capaces de discriminar. Y muy posiblemente, si analizamos el índice de corrupción o de estupidez, a lo mejor no es tan diferente el de la clase política del de los fontaneros o los mecánicos. Yo creo que hay que hacer un replanteamiento a fondo de la gobernanza política, de qué tipo de estructuras políticas tenemos, qué tipo de selección inversa ocurre para que veamos, una y otra vez, que los mejores no son los que dirigen, sino que muchas veces es la selección inversa. Pero hay que huir como de la peste de ese discurso generalista de que todos los políticos son un desastre porque es tremendamente peligroso. 

—360: Hay una ecuación recurrente en el trasfondo de la lucha contra el cambio climático: grandes cumbres + grandes discursos + compromiso cero. ¿Dónde nos lleva esta dinámica?

—V: Yo estuve en Río +20, donde se dio la paralización de los gobiernos pero hubo un fuerte impulso a la actividad del resto de actores globales, ONG y empresas tomando acuerdos y compromisos. La ciudadanía global se ha dado cuenta que los problemas no solo pueden ser resueltos en la Moncloa o en Bruselas, sino que hay problemas cuya resolución exige cambios globales, que actuemos, que no los dejemos esperando a ver qué hacen. Ya hemos visto bastante. Lo vimos en Copenhague y lo vimos en Río +20. Obama o Rajoy, cuando van a una cumbre, están pensando en las elecciones presidenciales. El horizonte es ese: a ver qué hago para volver a ser elegido. Otro problema es que Obama o Rajoy, en el mejor de los casos, están pensando en lo mejor para su país. Pensemos que todos son estadistas, que están pensando en lo mejor para su país. ¿Se arregla así esta gestión de los bienes comunes? No, porque si es así, analizas, por ejemplo, las discusiones de los océanos y la pesca, y España reclama para sus pescadores más y mejor. No nos damos cuenta de que si arruinamos la pesca de los océanos, pasado mañana tampoco nuestros pescadores van a pescar. La esperanza es que a esa diplomacia tradicional de los estados-nación se le superponga una diplomacia cívica global de las ONG, las empresas, las personas. Lo que no puede ser es que sistemáticamente la clase política desobedezca una y otra vez todo lo que dice la ciencia respecto al cambio climático. Se está gobernando contra la ciencia.

—360: Uno de los grandes desafíos del siglo XXI es llevar a cabo una revolución energética. ¿En qué punto nos encontramos?

—V: Tenemos que hacer una revolución enorme que tiene varios componentes. Primero, el de la eficiencia; despilfarramos energía a todas horas. Después estamos utilizando, consumiendo y comiéndonos el patrimonio de nuestros hijos. Cuando consumimos combustibles fósiles, un recurso que es para todos –para los que vivimos hoy pero para los que vivirán mañana– nos lo estamos comiendo nosotros de una forma definitiva. Porque lo que quememos ya no está, se acabó. Hay que cambiar hacia las energías renovables. Leía hace un tiempo en la prensa que el comercio marítimo va a recuperar la velas para fluir con la naturaleza, como las renovables, aprovechar la energía del viento o del Sol. En el fondo es, de una vez, caerse del caballo de la soberbia y aprender más de la naturaleza.

—360: Muchas empresas están articulando sus estrategias en torno a la sostenibilidad. ¿Cómo valora este proceso?

—V: En el fondo va a haber una economía del corto o del largo plazo. Si una empresa va a lo especulativo y al corto plazo, no hace falta que sea responsable ni hace falta que sea sostenible porque efectivamente le puede ir bien un tiempo. Pero si tiene un proyecto de futuro, de permanencia, no va a haber empresas en el siglo XXI que estén de espaldas a su compromiso con la sociedad y con el medioambiente. Muchas veces es en las crisis cuando percibimos esto, como el caso de British Petroleum. Se constató que no había adoptado las medidas precisas en relación con el desastre medioambiental del Golfo de México; estuvo a punto de desaparecer, pero no lo hizo porque intervino el primer ministro británico. Pero en cualquier caso perdió la mitad de su cotización bursátil. No es admisible que en el siglo XXI, con la información de la que disponemos y con lo que sabemos todos (tanto el ciudadano normal como las empresas), que una entidad haga negocio en contra del bien común. Las empresas inteligentes, que están aquí para quedarse, lo han visto claro.

Etiquetas: Entrevista

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