Impulsando la transición hacia una alimentación sostenible

La Fundación Daniel y Nina Carasso es una entidad filantrópica franco-española que trabaja en torno a dos líneas: el Arte Ciudadano y la Alimentación Sostenible.

Fundación Carasso

El objetivo de la Fundación Daniel y Nina Carasso es fomentar la transformación social. Si algo caracteriza a la Fundación es el enfoque sistémico y colaborativo desde el que intentamos reflexionar, construir y activar respuestas a los retos de un mundo aún demasiado anclado en una perspectiva lineal y que no ha sabido dar respuestas a la complejidad que, en realidad, lo conforma.

En alimentación, esta complejidad se traduce en que detrás de cualquier plato o alimento que consumimos no solo hay agricultoras o ganaderos, calorías y compostaje orgánico –cuando lo hay-. También hay recursos naturales, casi siempre mal usados, políticas públicas, emisiones de gases de efecto invernadero por el transporte, contaminación por los plásticos de los embalajes, precariedad laboral y desigualdad en el acceso (físico y/o económico) a los ingredientes. Toda esta complejidad, sin embargo, desemboca en una única meta: la salud. La salud individual de las personas, pero también la colectiva, como sociedad, y la del planeta, como ecosistema del que formamos parte y que nos alimenta. Conscientes de esta meta, la sostenibilidad que pretendemos otorgar a la alimentación, desde la Fundación, abarca cuatro dimensiones: social, económica, ambiental, que son las tres más habitualmente abordadas, a las que incorporamos la salud por ser una dimensión que, al igual que las tres otras, se construye y mantiene a largo plazo.

Abordar la transición hacia la alimentación sostenible requiere, por lo tanto, considerar las distintas dimensiones de la sostenibilidad y la participación y de la colaboración de agentes de los distintos sectores y/o ámbitos. Se trata de generar un entorno de trabajo conjunto, por ejemplo, con nutricionistas, gerentes de supermercados, médicos, agricultoras y gestores políticos. Esta dimensión colectiva, a su vez, hace el reto más grande aún. Y fascinante.

¿Pero en qué se concreta este reto y como lo aborda la Fundación Daniel y Nina Carasso?

Para poder contestar es necesario hacer un barrido rápido (deliberadamente maniqueo para redundar en las diferencias, a sabiendas de que todas son matizables) al sector alimentario actual. Lo conforman, por un lado, organizaciones y empresas asentadas en las dinámicas de la agricultura industrial, que ha creado una cadena larga y lineal en la que cada eslabón está especializado en lo suyo (producción, transformación, distribución). La dependencia entre todas es alta y, además, está supeditada a los precios que fijan las empresas de distribución o grandes cadenas de supermercados. Todas se rigen por la rentabilidad económica que les da la sostenibilidad económica. La social está en entredicho en algunos casos (empleados de mataderos industriales, recogida de fruta en campo, etc.), aunque en algunos otros sectores alguna mejoría se ha experimentado (cajeras, por ejemplo). La ambiental brilla por su ausencia. Aunque son cada vez más las voces que se alzan para denunciarlo. La esfera política intenta dar respuestas cautivas, tímidas y parciales, que no generan apenas cambios, como son el “greening” de la PAC o las propuestas de la digitalización. La salud es la más denostada. No aparece, no se considera y a las pocas voces disidentes (azúcares, carnes procesadas, disruptores endocrinos, etc.) les cuesta encontrar una vía para expresarse.

Por otro lado, encontramos el sector no industrial, el de los pequeños productores, de la ganadería extensiva y la trashumancia, de los grupos de consumo y la venta directa en mercados de productores y de los obradores compartidos. Suelen ser más sostenibles en términos ambientales (trabajan con la biodiversidad, sus alimentos recorren menos distancias, luchan contra el despilfarro o buscan cerrar los ciclos generando menos residuos) y tienen en cuenta la salud (productos ecológicos, menor uso de tóxicos agrarios, etc.). Intentan trabajar con todos los colectivos sociales y luchar contra la precariedad por lo que abordan una parte de la sostenibilidad social, pero sus salarios y, en general, su sostenibilidad económica, no suelen estar asegurados.

Todos los actores del sector son necesarios para afrontar el reto de acelerar la transición hacia sistemas alimentarios cada vez más sostenibles, se ubiquen en el sector que se ubiquen. Para ello, tienen que dar pasitos hacia la/s dimensión/es de la sostenibilidad que tiene menos desarrolladas:

  • Más responsabilidad social corporativa y más interacción horizontal (atravesando la cadena de suministros de alimentos) para el sector industrial que tiene en las cooperativas experiencias de las que inspirarse para reinventarse. Más filtro ambiental, también, para reducir el impacto del sistema alimentario industrial en el medio ambiente y en el cambio climático.
  • Para los de pequeña dimensión (económica), un salto de escala para poder, desde la economía social y solidaria, ser capaces técnicamente, de abastecer a una mayor parte de la población. Para ello, es imprescindible mantener el gran esfuerzo y trabajo que se está realizando para poder integrarse a los circuitos de comercialización más corrientes (mercas, centrales de acopio, tiendas de barrio, etc.).

Pero el sector y sus submundos no son los únicos que deben arrimar el hombro. Son muchos más los ámbitos que inciden en el sistema alimentario, y de ahí la necesaria visión sistémica desde la que debe abordarse:

Las políticas públicas deben abrir opciones más allá de fomentar los procesos industrializados y digitalizados, de modo que las propuestas que se han mantenido al margen hasta ahora tengan espacio en el que poder dar ese salto de escala que deben dar.

Toda la sociedad y nuestros modelos de consumo también deben evolucionar para que esta transición hacia un sistema alimentario sostenible sea completa. Sin demanda, no hay oferta. Hay que superar prejuicios y cambiar de hábitos y prioridades. Para ello es indispensable estar informado, sin bulos.

Los periodistas son clave para alcanzar este objetivo. Es esencial formarles e informarles sobre las modalidades –la industrial y todas las demás- del sistema alimentario, sobre la repercusión de éste en nuestra salud y en la del planeta.

Esta información debe necesariamente e ineluctablemente basarse en datos contrastados por la ciencia y la investigación, que determinarán el grado de sostenibilidad de cada acción/eslabón del sistema desde la perspectiva de las 4 dimensiones de la sostenibilidad.

En definitiva, son muchas las teclas que tocar para que la transición hacia un sistema alimentario cada vez más sostenible se acelere. Habría más. La Fundación ha optado por estas líneas: un sector productivo agroecológico sólido y reconocido, la ciencia como base, las políticas públicas como elemento de arraigo y multiplicación, a la vez, y la comunicación como canal de información. Esta es la clave sistémica a la que nos referíamos al inicio, que es inherente a la naturaleza de la Fundación. La otra, recordémoslo, es la colaboración, porque nada de todo lo anteriormente expuesto será posible sin lo más indispensable:

Mucha escucha, mucho diálogo, mucho encuentro y mucho intercambio de experiencias, visiones y opiniones para crecer juntos.

Por el equipo de la Fundación Daniel y Nina Carasso.

https://www.fondationcarasso.org/es/

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