Ciudades con alma

La ciudades del siglo XXI tienen que ser eficientes y girar en torno a las personas, su convivencia y su calidad de vida. La sostenibilidad es el camino a seguir.

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En Pekín, sus ciudadanos deben planificar sus fines de semana según la contaminación. Según esté el día, es mejor no llevar a los niños al parque: respirar resulta peligroso. La niebla gris que cubre la ciudad supera en 20 veces los niveles de polución permitidos por la Organización Mundial de la Salud. La próspera capital china es el perfecto ejemplo de una urbe insostenible que ha olvidado a sus 20 millones de citadinos.

Pero, ¿cómo acoger a las 130.000 personas que, según el Massachusetts Institute of Technology (MIT) se mudan cada día a las grandes ciudades asiáticas? ¿Cómo resolver su demanda de energía, movilidad y generación de residuos urbanos? Porque, además, no solo hablamos del Lejano Oriente. En el año 2050, el 70% de la población mundial vivirá en núcleos urbanos. De ahí que la gestión sostenible de las ciudades sea un desafío real de gobiernos, empresas, ayuntamientos y sus cada vez más numerosos urbanitas.

“Vivimos tiempos de crisis. Pero son también tiempos para soluciones. El mundo está inmerso en varias tormentas financieras, económicas, medioambientales, sociales y políticas, pero también estamos siendo testigos de varias intentos valientes y creativos que buscan soluciones en diferentes niveles y desde múltiples actores”, afirma Joan Clos, subsecretario general de UN-Habitat, en el Informe 2012 sobre el Estado de las Ciudades, de Naciones Unidas. Según el político, habernos centrado simplemente en la prosperidad financiera de las urbes nos ha llevado a unas enormes desigualdades entre ricos y pobres. Esa postura ha supuesto distorsiones en la forma y la funcionalidad de las ciudades, que han generado, a la vez, importantes daños al medioambiente. Centrarnos exclusivamente en ese crecimiento económico crea ciudades insostenibles en el largo plazo, señala el que fuera alcalde de Barcelona en el documento. El informe propone un nuevo concepto de prosperidad, uno más completo, más holístico e integrado y para el cual es esencial el bienestar de todos. “Esta aproximación no responde solo a las crisis facilitando salvavidas ante los nuevos riesgos, sino que ayuda a las ciudades a conducir al mundo hacia una prosperidad urbana ligada a la economía, lo social, lo político y lo medioambiental”, afirma Joan Clos.

Inteligencia en contra de la barbarie

Bien, ¿y cómo parar al monstruo en que podrían convertirse las urbes que insaciablemente devoran recursos, generan de forma incontrolada residuos y se encuentran sin una planificación para sus resistentes ciudadanos? Porque el éxodo a ellas -coinciden los especialistas- no va a parar. Surge así, y por necesidad, el concepto smart city, porque “en 20 años en torno a 5,5 millardos de habitantes estarán viviendo en ciudades”, señalan desde el MIT.

La solución se llama inteligencia. Y no hablamos de espías, sino de ciudades sostenibles. El concepto se sostendría sobre cuatro pilares básicos:

  1. Unas administraciones públicas más eficientes para ofrecer nuevos y mejores servicios según las necesidades de los habitantes de la ciudad y la gestión óptima de los recursos.
  2. Una ciudadanía que participa en el desarrollo de la ciudad con información y con un estilo de vida más sostenible.
  3. Eficiencia energética, pensada para conseguir un equilibrio entre el entorno y los recursos naturales.
  4. Tecnologías de la información y comunicaciones, que se convierten en el principal instrumento.

O, dicho de modo más claro: “smart city implica eficiencia. Es, quizás, una forma elegante de decir ciudad low cost”, escribía para Nueva Revista Gildo Seisdedos, profesor del Instituto de Empresa y director del Foro de Gestión Urbana, una iniciativa pensada para estimular la colaboración pública y privada en el ámbito de las ciudades.

Según el académico, para que las ciudades sean más sostenibles hay que gestionarlas de otra forma: “se trata de sentido común y de cambiar el modo en que vivimos y se organizan las ciudades”. El académico sostiene que de la crisis debemos hacer una oportunidad y que, si la tecnología ha cambiado las empresas y estas la sociedad, ahora le toca el turno a las ciudades, que hasta ahora han mantenido la forma de ser de cuando se instituyeron en la era industrial, sin incorporar las tecnologías de la información (TIC). Cuando cambiemos la forma en que vivimos, cambiará la ciudad, señala el teórico, subrayando que además hay que aplicar las mejores técnicas de eficiencia empresarial a estas urbes para que sean más sostenibles.

Y, por inteligencia, él defiende la optimización de los recursos. “Hasta ahora en los ayuntamientos se paga por la cantidad de medios que se ponen a disposición de la limpieza de las calles. Se paga, por ejemplo, por contar con un número determinado de camiones, pero no se tiene en cuenta ni dónde son más necesarios ni los resultados. En una urbe eficiente, el ciudadano avisaría de que hace falta limpieza o saltaría la alarma de unos sensores previamente instalados que hablan de un área sucia. A partir de ahí, desde una central, se gestionarían esas peticiones para enviar los medios según la necesidad y, además, con el valor añadido de la inmediatez. Y se pagaría según los resultados”, apunta. Para Seisdedos, parte de esa inteligencia pasaría además por dividir y parcelar las ciudades en trozos para otorgar su cuidado a tres o cuatro empresas. El objetivo: “evitar que en una misma calle la limpieza sea responsabilidad de hasta 15 compañías. Porque, cuando eso ocurre, pesa más el músculo (residuos sólidos, limpieza viaria…)”, apunta Seisdedos, según el cual “el cerebro sería la gestión integrada y eficiente”. Preguntado sobre quién lo hace bien, el profesor lamenta que, todavía y a pesar de las buenas intenciones y promesas de muchos alcaldes y políticos, ningún ayuntamiento ha logrado aplicarlo. No obstante, señala al municipio madrileño de

Las Rozas, donde desde marzo funciona un sistema de gestión centralizado como el que él sugiere, por resultados. Y, según sus responsables, esta forma de hacer ciudad reducirá un 40% los costes. “Un 20% se consigue porque las empresas optimizan su forma de trabajar y el otro 20 porque, al otorgar todos los servicios a una sola empresa, conseguimos que nos bajen el precio por volumen”, afirma María Jesús Villamediana, concejala de Servicios de la Las Rozas. Lo siguiente, según la política, será incorporar las tecnologías de la información, para que, de forma automatizada, los gestores sepan qué ocurre y qué necesita su municipio.

De lo pequeño a lo grande

No obstante, a pesar de las dificultades, hay iniciativas que intentan que sus ciudades tengan más cerebro. Y una de las claves, coinciden los expertos, es hacerlo de una forma escalable o desde municipios pequeños.

Areti Markopoulou, directora del Programa Máster del Instituto en Arquitectura Avanzada de Cataluña, habla de diseccionar las urbes en pequeños círculos o nodos donde los elementos más pequeños son los edificios, cuyo ideal en el denominado urbanismo 2.0 es que sean autosuficientes. Ellos generarían energía, productividad -ya que desde ellos se generaría el conocimiento mediante el teletrabajo- y hasta comida y objetos. En el siguiente escalafón, estaría el barrio, hiperconectado con esas construcciones inteligentes. Y, por encima, la región, también sabia.

La urbanista Markopoulou explica que, para ello, es necesario un cambio cultural, que deben asumir los ciudadanos y las administraciones. “En determinados aspectos, hay que volver a los principios de siempre, a plataformas desde las que se producen los objetos que se consumen e impulsar esa fabricación, su socialización y el contacto con la naturaleza.” Y, aunque suene a revolución, la urbanista prefiere hablar de evolución y de huertos urbanos (verticales y horizontales); de una producción de energía desde las propias casas o desde puntos cercanos a ellas; de domótica aplicada al hogar para optimizar el uso de la energía; de incentivar el uso coches compartidos, de potenciar el uso de la bicicleta como transporte urbano; de un uso distinto de los espacios urbanos vacíos o de aprovechar otros que permitan reutilizarse, como los párquines, que valdrían para acoger conciertos o cualquier otra actividad cultural.

No duda del posible rechazo de su propuesta por parte de la industria y de determinadas empresas, pero cree que la crisis nos obliga a cambiar y que el que debe ganar ahora es el ciudadano. Y en ese cerebro de la ciudad están las tecnologías de la información. “Porque la ciudad se transforma por la información, que cambia cada segundo, se procesa por los sistemas centrales, se comparte y es capaz de dar las pistas de nuevos servicios para los ciudadanos.

Así, la iluminación pública se hace efectiva cuando hace falta y no según un horario preestablecido. Y lo mismo se aplicaría para enviar más o menos vagones de metro. Unos sistemas de detección apropiados de la necesidad calculan, miden y adaptan el servicio”, explica la arquitecta.

Ciudadano con poderes de alcalde

En el paradigma de esa ciudad inteligente, el urbanita toma poder, porque él es también responsable del buen funcionamiento del lugar en el que habita. Su comportamiento la hace más o menos sostenible. Por una parte, ese vecino controlaría el consumo energético de su casa por medio de sensores que le ayudarían a ahorrar. Y, en ese esquema utópico, esos residentes producirían parte de su energía gracias a un urbanismo orientado a desperdiciar menos recursos y a aprovechar las energías renovables. Además, sus desplazamientos urbanos serían menos necesarios (las distancias se acortan, al acotar la ciudad a microcentros, o ni siquiera hace falta desplazarse, gracias a Internet –partimos de que el movimiento más sostenible es el que no se realiza).

Pero no solo eso, su conexión con la ciudad inteligente le daría la posibilidad de participar en la gestión y gobernanza de su entorno. Se rompe la unidireccionalidad y sus ciudadanos cuentan para la toma de decisiones. A la hora de informar, puede también activar mecanismos de alerta hacia sus gobernantes, denunciar, exigir transparencia y hacer ciudad.

“Durante la próxima década, las nuevas tecnologías desbloquearán enormes torrenciales de información sobre las ciudades y sus residentes y convertirán cada urbe en un laboratorio cívico único –un lugar donde los medios se pueden adaptar de una forma novedosa a las necesidades locales”, señalaba un informe del Instituto para el Futuro en un documento llamado El futuro de las ciudades, información e inclusión. En el mismo estudio, el centro señala las oportunidades que podrá brindar este modelo de ciudad para ofrecer más oportunidades a los barrios y ciudadanos más marginales, si existe la voluntad política de hacerlo. Porque, para que ese ideal sea de todos, continúa el informe, han de confluir las fuerzas políticas, económicas y sociales. Aparte, desde el punto de vista tecnológico, se requiere: una conectividad ancha, acceso a aparatos inteligentes, infraestructuras abiertas de datos, interfaces públicas y cloud computing, apunta el informe.

No obstante, estas innovaciones también conllevan riesgos y traen consigo nuevos interrogantes. ¿Qué habilidades requerirá el urbanita del futuro para interactuar con este nuevo modelo?, ¿serán las TIC un nuevo elemento separador entre los ciudadanos digitales y los analógicos?, ¿qué seguridades tendrá cada persona acerca de la privacidad de sus datos respecto a Gobiernos y empresas?, ¿hasta dónde el big data?, ¿quién controlará las redes?, ¿qué distintos modelos de control se plantean?

Cuando el problema es no hacer

Preguntado por los riesgos, José Manuel Hernández, de Telefónica I+D, responde que, para él, lo más delicado es “no hacer, que el mayor riesgo es quedarse anclado en los sistemas tradicionales y no innovar”. Y sí, reconoce que hay que luchar porque la brecha digital no crezca entre unos barrios y otros, sino al contrario, y por poner las controles obvios a la seguridad de los datos de los ciudadanos. Sabe de lo que habla. Es el responsable de SmartSantander, un proyecto de investigación científica, financiado en su mayoría por la Unión Europea con 6 millones de euros, que parte de la instalación de 12.000 sensores en la ciudad de Santander. Esos dispositivos hablan a los gestores de la ciudad del tráfico, de la gestión de residuos, de la situación del transporte público, la iluminación, el ruido y hasta la humedad de las hojas de los parques. Actualmente, la ciudad ya tiene instalados esos ojos que cuentan cómo respira la ciudad cántabra. Así, los sensores detectan la información de la serie de ciudadanos que ya están participando en el proyecto -de momento solo 150- y las máquinas (cámaras de vídeo u otros dispositivos) y, desde un sistema central, se ponen en marcha los actuadores o correctores. Así, de forma automática, la ciudad sabe que hay atasco en el centro y debe alertar a los ciudadanos de vías alternativas o lugares donde dejar el coche. También funcionan en piloto aplicaciones para que los santanderinos interactúen con sus teléfonos inteligentes. Y lo pueden hacer o participando de la información que les suministra el sistema o disfrutando de una realidad agrandada: hacen fotos de una calle y el sistema les da información de ese punto.

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