Mujeres rurales: la fuerza invisible del desarrollo

Las mujeres rurales representan una cuarta parte del conjunto de la población mundial. Sus contribuciones son vitales para el bienestar de las familias, de las comunidades y de las economías. Sin embargo, su trabajo ha estado históricamente invisibilizado. Liberar ese potencial productivo abre una gran oportunidad para luchar contra la pobreza.

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Sobre ellas recae gran parte de la responsabilidad de producir y procesar los alimentos, de mantener económicamente a sus familias y de ser consideradas las garantes de la educación y de los cuidados. Sin embargo, su invisibilidad llega hasta el punto de que menos del 20% de mujeres rurales son propietarias de las tierras que trabajan.

La infrarrepresentación de las mujeres en el medio rural no lo es todo. Distintos informes coinciden en que tienen terrenos más pequeños y menos productivos y están sujetas a normas, usos y costumbres discriminatorios que limitan sus opciones, incluida la capacidad de poseer o heredar bienes, acceder a la tecnología, al crédito o a los fertilizantes, todos ellos elementos necesarios para hacer sus negocios más rentables y productivos.

Las mujeres rurales, las más vulnerables

La FAO habla sin titubeos: “Las mujeres rurales son exponencialmente más vulnerables y están más marginadas”. La interrelación entre el acceso limitado a los recursos, la educación y la atención médica inapropiadas, la discriminación sistemática y los obstáculos a su participación agravan su condición de pobreza.

Marisa Marcavillaca es directora de la Federación Nacional de Mujeres Campesinas, Artesanas, Indígenas, Nativas y Asalariadas de Perú, organización con la que trabaja Ayuda en Acción en este país. La federación nació en 2006 y actualmente agrupa a más de 126.000 mujeres de 19 organizaciones regionales del centro, el sur, el norte y la selva peruana. “Nosotras trabajamos vinculadas a la Pacha Mama porque nos identificamos con ella; es nuestra madre tierra, que nos da fruto, igual que nosotras también producimos y florecemos”. Y reivindica, “las mujeres están organizadas, participan de las actividades de producción y asumen responsabilidades económicas, pero nos falta mucho para que sea respetado y visibilizado el trabajo que hacemos dentro de nuestros territorios”.

Desde 2008, Naciones Unidas celebra el 15 de octubre el Día Internacional de las Mujeres Rurales para reconocer “la función y la contribución decisivas de la mujer rural, incluida la mujer indígena, en la promoción del desarrollo agrícola y rural, la mejora de la seguridad alimentaria y la erradicación de la pobreza rural”. Y tal es la importancia del papel de la mujer en la producción de los alimentos que, el año pasado, la celebración de las mujeres rurales y el Día Mundial de la Alimentación compartieron su objetivo: poner el foco en el cambio climático y en cómo este afecta a la agricultura y a la alimentación.

La mujer, presente en todos los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)

Reducir a la mitad el número de personas que pasan hambre y poner fin a todas las formas de discriminación contra todas las mujeres y niñas en todo el mundo. Son el ODS número 2 y el ODS número 5, respectivamente, establecidos en el marco de la Agenda 2030 de Naciones Unidas.

Que subrayemos ambos objetivos no es casual: si las mujeres tuvieran un acceso equitativo a los recursos productivos, los rendimientos agrícolas podrían reducir entre 100 y 150 millones la cantidad de personas con hambre crónica. Esto se traslada, irremediablemente, al PIB de los países. La ecuación es clara: ganan las mujeres, ganamos todos.

Garantizar el acceso de las mujeres rurales al sistema productivo en igualdad de condiciones que los hombres es una premisa indispensable para alcanzar el segundo y el quinto de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) para 2030. “Para 2030, duplicar la productividad agrícola y los ingresos de los productores de alimentos en pequeña escala, en particular las mujeres, los pueblos indígenas, los agricultores familiares, los pastores y los pescadores, entre otras cosas mediante un acceso seguro y equitativo a las tierras, a otros recursos de producción e insumos, conocimientos, servicios financieros, mercados y oportunidades para la generación de valor añadido y empleos no agrícolas”, se matiza en una de las metas de esta agenda global.

Ganan las mujeres, ganamos todos

“Si las mujeres dispusieran de los medios adecuados, serían líderes de sus comunidades y podrían convertir se en el motor de desarrollo de sus países”. Quien lo dice es la camerunesa Esther Tallah, premio Harambee 2015 a lucha por la igualdad de la mujer africana. “La falta de acceso de la mujer a la educación acarrea numerosos lastres sociales”, continúa Tallah. En su país natal, el 52% de las niñas está sin escolarizar, porcentaje que se dispara hasta el 70% en las zonas rurales. Según la ONU, hay 58 millones de niñas en el mundo que no van a la escuela.

El último Informe sobre Desarrollo Humano en África advierte: África no cumplirá sus aspiraciones de desarrollo si no cierra la brecha de género, causante de que más de la mitad de la población del continente –las mujeres– esté marginada social, económica y políticamente. En el documento, se explicita que, solo en 2014, África subsahariana perdió unos 95.000 millones de dólares, lo que equivale a un 6% de su PIB, debido a la desigualdad de género en el mundo laboral. También que las mujeres no alcanzan los mismos niveles de desarrollo humano que los hombres, lo que pone en peligro la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenibles (ODS) y de la Agenda África 2063.

La educadora ambiental María Antonia Santamaría, señala que la Ley 35/2011, sobre Titularidad Compartida de las Explotaciones Agrarias, les impulsó a celebrar el Día Internacional de la Mujer Rural. Esta ley advertía de la presencia mayoritaria de hombres en el medio rural, señalando como causa la doble jornada que realizan las mujeres asumiendo las responsabilidades domésticas no compartidas, a la vez que buena parte de las tareas agrarias.

Por su parte, “la titularidad de las explotaciones suele recaer solamente en la población masculina, invisibilizando el trabajo realizado por ellas y dificultando enormemente su participación. Este es el paisaje social que nos encontramos y que consideramos imprescindible abordar, dada la vulnerabilidad específica que conlleva la feminidad en este medio rural. Somos mujeres, estamos formadas, vivimos en el medio rural y queremos quedarnos”, concluye.

 

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