Gema Hassen-Bey: "Si eres mujer y estás en silla de ruedas, la discriminación es doble"

La exatleta paraolímpica Gema Hassen-Bey nos explica su experiencia en cinco Juegos Paralímpicos y en sus actividades extradeportivas.

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Si tuviéramos que elegir una palabra para describir a Gema Hassen-Bey, no se nos asomarían las dudas: apasionada. En el deporte y en la vida. Tras participar en cinco Juegos Paralímpicos consecutivos –Atlanta, Barcelona, Sydney, Atenas y Pekín– en la modalidad de esgrima, su próximo reto es ser la primera mujer en silla de ruedas en culminar el techo de África: el Kilimanjaro. La también periodista, presentadora, bailarina y actriz, nos recibe tras una sesión de rodaje para una webserie japonesa –nos cuenta– en el barrio madrileño de Vallecas.

Entrevista a Gema Hassen-Bey:

360: ¿Cuáles han sido las mayores barreras que te has encontrado a lo largo de tu vida?

Gema Hassen-Bey: Hay un montón de barreras físicas que no comprendo. No entiendo como tecnológicamente el hombre ha podido llegar a la luna y a nosotros nos cuesta ir a comprar el pan. Luego están las barreras psicológicas. Una vez que has conseguido, por ejemplo, que haya una acera rebajada, te aparca un coche. O que la gente entre en los baños para personas con discapacidad. O que, en una entrevista de trabajo, tengas que demostrar el doble por ser mujer y el triple si tienes alguna diversidad. Si eres mujer y estás en silla de ruedas, tienes una doble discriminación. Mi cabeza todavía no encaja muy bien cómo, en pleno siglo XXI, y con todas las normativas y recursos que hay, tenemos tantos problemas para salir de casa.

360: ¿Avanzamos, entonces, a un paso muy lento? ¿No notas una evolución?

Gema Hassen-Bey: He notado una evolución en la mentalidad. Yo tuve el accidente de pequeña. Un día decidí que tenía la misma esperanza de vida que cualquiera de nosotros y que tenía derecho a ser feliz. Siempre recibí el mensaje de “tú no puedes”. Notaba mucho paternalismo. Mi propia familia me sobreprotegía. Mi primer Kilimanjaro fue escaparme de casa para ir a comprar el pan. Tendría unos 12 años. Mi portal tenía cinco tramos de escaleras. Mis padres intentaron que se construyera una rampa, pero la comunidad de vecinos se opuso porque no era estético. Moverte por la ciudad en silla de ruedas es un caos. Recuerdo que, cuando llegué, mi padre estaba muy enfadado. Le dije: “Mira, papá, hazte a la idea de que, si hoy he salido a comprar el pan, mañana voy a ganármelo”. Sé que la vida tiene riesgos, pero quiero vivir. Entiendo a mis padres, porque yo no podía ir a la escuela, había muchas barreras y, aunque hubiera podido ir físicamente, los profesores no estaban preparados para atender a una niña con necesidades diferentes. Todavía no hemos avanzado mucho. No estoy muy a favor de los sitios que son “especiales para”. La vida la hago con vosotros. Hemos hecho un plus para adaptarnos, ya que el entorno no se adapta a nosotros. No entendemos que, cuando el entorno se adapta, se adapta para todos. Que haya una rampa es bueno para nosotros, pero también para las personas mayores, para los niños que van en carrito… Y luego están las homologaciones: ¿cómo a veces algo tan sencillo, que podría hacerlo cualquier albañil, es tan complicado? Burocráticamente, también hay un freno. Deberíamos tener un sistema para provocar nosotros mismos el cambio. Porque hay muchos estamentos, asociaciones… pero todo sigue igual. Ese trozo de acera que está roto, mira [señala]. Cuando voy con la silla, tengo que mirar para arriba, pero para abajo constantemente. Aún falta mucho para que todas las ciudades y poblaciones sean realmente accesibles.

360: Hablas de una excesiva sobreprotección, pero la otra cara de la moneda del paternalismo es que tendemos a crear héroes, ¿no es así? Pablo Pineda denuncia que las personas con discapacidad tienen que demostrar siempre que son más capaces.

Gema Hassen-Bey: De pequeña recibía siempre ese “no puedes”. Un día me dije: “Voy a cambiar ese ‘pobrecita’; cuando me pregunten ‘qué tal andas’, yo voy a decir ‘sobre ruedas’”. Decidí ir a por mis sueños, aunque me costase. Cuando tienes una diversidad como la mía, la sociedad te coloca un cartel que pesa mucho: el de minusválida, el de discapacitada. Se te sitúa en un lugar inferior. Y si encima eres mujer y te apellidas HassenBey… Yo digo que soy la diversidad en sí misma [ríe]. No hay discapacidades, sino capacidades diferentes, y ahí es donde nos complementamos, en la diversidad. Ni minusválidos ni superhéroes. Yo tengo mis días malos, como cualquiera. Pero está bien que la balanza haya cambiado: antes era “tú no puedes”, ahora es “puedes hacer todo esto”. Falta que la balanza se equilibre hasta llegar a la normalización.

360: Todos somos igual de distintos… Sin embargo, se habla mucho de igualdad y poco de diversidad.

Gema Hassen-Bey: Afortunadamente, somos diferentes. Hay que valorar la diversidad, es lo que nos enriquece. Dentro de eso, cualquier persona tiene que tener acceso a los mismos derechos, y creo que vivimos en un mundo en déficit de valores. Es importante que cada uno vea qué puede hacer por sí mismo, legitimarte a ti mismo y crear un movimiento en el que nos vayamos sumando todos. Si te mueves tú, el mundo se mueve contigo. Creé una canción, Sobre ruedas, que dice así: “Si la vida te va sobre ruedas, ¿por qué no bailas?”. Si no te arriesgas, nunca llegas. Ese es mi lema de vida.

360: ¿Crees que la educación en la diversidad ha llegado a las aulas? Hablo de la educación primaria, pero también de la universidad, a donde, precisamente, muchas personas con discapacidad no logran acceder.

Gema Hassen-Bey: En mi caso, la escuela fue imposible y el instituto fue a distancia. Lo que eso me dio fue el estudiar por objetivos, que luego me ayudó para el trabajo. Elegí la universidad más difícil de Madrid, Ciencias de la Información.

360: La conozco bien… Pero no a través de tus ojos.

Gema Hassen-Bey: No podía ni subir al ascensor. Me colaba por las cocinas. Además, ya sabes que cada clase se daba en un sitio, y yo hablaba con la vicedecana para que me las intentara cambiar. Había escaleras por fuera y por dentro. Tenía amigos que me ayudaban. Ahora está mejor, más accesible. Tengo mucho cariño a la universidad y, una vez que la dejamos, deberíamos seguir relacionados con ella. Creo que la universidad tiene que evolucionar en dos aspectos. Uno es el deportivo. No entiendo por qué hacemos deporte en la escuela y no en la universidad. Luego no lo retomamos. Y es el mejor momento para practicarlo. El otro aspecto es el inclusivo, en una educación para todos. No es tan difícil. Hoy tenemos tecnología para resolver cualquier problema de acceso de comunicación. Me da la sensación de que el planteamiento universitario, de cinco años, tan largo… debería ser más práctico. Ahora hay Internet, antes no. Hay personas que no pueden moverse de casa, a ellas hay que llevarles la educación. Se puede hacer una formación específica en muchas áreas. También hay que terminar de hacer totalmente accesibles los contenidos.

Por otro lado, nada normaliza más que el hecho de que nosotros estudiemos con vosotros. Entre las personas con discapacidad, no hay barreras. Con mis amigos, nadie estableció como nos teníamos que relacionar. Y los niños normalizan de manera automática. Hay que escucharlos. Para la silla que estamos desarrollando para el Kilimanjaro, fui a varios colegios, les conté a los niños lo que quería hacer y les pedí que me ayudaran a idear la silla y el pantalón. Tengo un montón de dibujos de ellos. Fue lo que les di a los ingenieros. Les dije: “Tomad, este es el briefing”. De primeras, me miraron extrañados. Creo que mi mentalidad está más cerca de los niños, libre de prejuicios, creyendo que todo es posible. Es la labor del ingeniero traducir eso para que se convierta en realidad. A medida que vamos creciendo, estamos creando una sociedad muy cuadriculada, con muchas normas. Eso hay que romperlo, y los niños lo hacen de manera tan natural… porque no tienen esos condicionantes que nosotros nos hemos creado. Estamos en un momento de crisis, y lo bonito de las crisis es que puedes romper con lo establecido. Se crea desde el caos, no desde el orden. El orden intenta mantenerse, el caos reinventa.

360: ¿Qué significa para ti el deporte? ¿Por qué es una buena herramienta de integración?

Gema Hassen-Bey: El deporte ha sido mi vida. Nunca hice deporte para ganar medallas, las medallas llegaron después, por el trabajo realizado. El deporte te ayuda a fijarte un objetivo y a luchar por él, a saber que tienes que trabajar en equipo y a superarte a ti mismo. Yo entiendo el deporte más como superación que como competición. Ha habido muchos factores de la competición que me chocaban. El deporte me ha ayudado a luchar: hago esgrima, no creo que sea por casualidad. Nada es casual. Soy una guerrera con una espada en la mano. Después de cinco Juegos Paralímpicos, mi reflexión personal es que tan importante ha sido ganar como perder. Cuando he ganado, he ganado mucho; cuando he perdido, a veces he ganado más.

360: Valoras el camino más que la meta.

Gema Hassen-Bey: Efectivamente. Lo importante es el camino, la experiencia, lo que vas adquiriendo, la forma de enfrentar la vida. Yo me desvivo en las pistas y fuera de ellas. Lo importante son los valores que me ha enseñado el deporte, que están tatuados en mi piel. Tendría que volver a nacer para no ser fiel a mis valores. Todo eso es lo que yo he trasladado en este reto. La montaña me ha enseñado tantas cosas… Lo primero que, para subirla, primero tienes que salir del valle, y que, cuando la has subido, luego tienes que volver al valle. Porque no terminas cuando llegas a la cima, sino cuando bajas. La vida es constantemente así. A veces nos complicamos con cosas que no son importantes y nos olvidamos de lo fundamental: que estamos aquí para ser felices. Yo hoy estoy rodando una película, mañana subo a la montaña, pasado doy una conferencia en la universidad… cada momento cuenta.

360: Decías que, siendo mujer, y yendo en una silla de ruedas, se acoplan muchas discriminaciones.

Gema Hassen-Bey: Ha llegado el momento de empoderarnos las mujeres. Hemos cogido siempre un papel secundario. También nos han dicho muchas veces que no podíamos o no debíamos estar ahí. Hemos roto la primera fase, pero aún tenemos un techo de cristal. Las primeras que nos lo tenemos que creer somos nosotras. Este reto del Kilimanjaro también significa romper con ese techo. ¿Por qué no voy a ir yo al Kilimanjaro y ser la primera mujer del mundo en subir? No hay un no, hay un cómo. Todas podemos alcanzar nuestras cimas, tenemos que ser las primeras convencidas, y luego unirnos entre nosotras para darnos fuerza. Si no te rindes, la vida, al final, te premia.

 

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