Empleados implicados

Los profesionales de Upacesur trabajan para lograr en un futuro el coste cero en todos los servicios asistenciales que las familias costean para atender a sus hijos afectados de Parálisis Cerebral.

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La Convocatoria de Ayudas no es de DKV Seguros, es de todos sus públicos, y los empleados juegan un papel muy importante. Antonio Vila, Director de la sucursal de Cádiz, y Juanjo Mulero, Director General de Seguros Generales, han vivido en propia piel lo que es sentirse parte de un proyecto que ha crecido gracias a la Convocatoria.

En el caso de Antonio Vila, desde muy pequeño aprendió qué era la Parálisis Cerebral Infantil. Fue en San Fernando, mientras jugaba con Mamué, Quique y su amiga Rocío, quien tiene parálisis cerebral desde nacimiento.

“Tendemos a rehuir de lo desconocido y muchas veces no sabemos cómo afrontar el trato con una persona ‘distinta’”, explica Carlos Rodríguez, de Upacesur, algo que sin duda no se planteaban estos cuatro amigos, en San Fernando. Ser discapacitado, asegura, genera exclusión social y rechazo con demasiada frecuencia, una exclusión que provoca que dichas personas se relacionen solo entre ellas a través de sus colectivos y se aíslen. Evitarlo es uno de los objetivos de Upacesur, que cuenta con usuarios y, al tiempo, trabajadores, como Manuel Rodríguez. En su caso hubo complicaciones en el parto y eso le produjo la parálisis cerebral. “Según mis padres, hasta pasados unos meses no se empezaron a percatar de que había algo que no iba bien”, explica. “Empezaron a notar que no podía sostenerme erguido y que mi cuerpo no se aguantaba sobre sí mismo, como si fuera un muñeco de trapo. Mis padres se pusieron manos a la obra para poder tratar mi discapacidad en una época en la que no existía apenas información sobre la misma”. A pesar de que sus padres trabajaban, contactaron con otros padres en su misma situación y pusieron los cimientos de lo que hoy día es Upacesur.

“Todo el esfuerzo de mis padres sirvió para consolidar las capacidades que sí habían sido respetadas por la lesión. Siempre me trataron igual que a mis hermanos y me exigían el mismo nivel que a ellos”, asegura Manuel, que nos cuenta que, de pequeño, un médico le dijo a su madre que le adaptaran la ropa y sustituyeran los botones por velcro. Ella se rebeló y le dijo que volverían a verse en esa misma consulta pasados los años para demostrarle que Manuel podría atarse los botones. Pues bien, ¡así fue! “Me llevó a aquel doctor y el pobre tuvo que reconocer el esfuerzo de mi madre. Tengo unos padres admirables”, relata satisfecho.

Ver a la nueva generación de padres de afectados llegar a los centros de Upacesur, donde se les atiende cualquiera que sea su necesidad, es un orgullo para los que, como Manuel, son más veteranos, pero no es suficiente. Queda pendiente, aseguran, que la sociedad entienda que, si los espacios están debidamente adaptados, las personas con discapacidad pueden formar parte de la misma como uno más.

Pero la discapacidad no es el único factor que aísla a las personas. Cada vez más la vejez se está tratando como una enfermedad que deja recluidos en sus casas a nuestros mayores, y las entidades ponen el foco en la conciencia social y la implicación de los ciudadanos.

El director gerente de Amics de la Gent Gran, Oriol Alsina, reflexiona sobre este tema: “Nuestra acción social no depende solo de los recursos económicos, sino de la movilización de ciudadanos para que se conviertan en personas voluntarias y dediquen una parte de su tiempo a acompañar a personas mayores que se sienten solas”.

Juanjo Mulero, voluntario, es una de las personas que se ha movilizado. “Escuché decir hace ya tiempo a uno de los responsables de Amics de la Gent Gran que la ‘soledad mata’. Y es así. Por tanto, qué mejor acción que ayudar a las personas que están en esta situación. La Fundación ha conseguido llevar a cabo una labor de sensibilización social más que destacable, haciéndonos conscientes de que hay una realidad muy dura viviendo o malviviendo a nuestro lado –la soledad–, una realidad que muchas veces parece estar cubierta con una capa de invisibilidad que hace que muchos de nosotros seamos ajenos a ella.

Montserrat Pinyol es una de las personas mayores que reciben el acompañamiento de los voluntarios de Amics de la Gent Gran. Su marido murió hace siete años y no tenían hijos, por lo que vive sola en su casa, a sus 88 años. Tiene la suerte, asegura, de contar con Carmen, así como con otros voluntarios, que van a verla y se preocupan por saber cómo está, darle conversación y acompañarla en sus quehaceres. Montserrat repite incansable lo agradecida que está por la vida que ha vivido y por la salud que conserva, y que le permite seguir viviendo bien en casa, pero avisa: “la vida pasa muy de prisa: ¡no dejéis de hacer nada para cuando seáis mayores, aprovechad la vida o, para cuando os deis cuenta, seréis demasiado mayores para disfrutarla!”

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