La estatua de la responsabilidad (social)

Javier López-Galiacho, profesor de Derecho Civil de la Universidad Rey Juan Carlos, reflexiona sobre la importancia de esta figura solidaria y sostenible, tan necesaria en tiempos de crisis para combatir la desigualdad. Pero advierte de que la RSC no solo se debe exigir a las empresas.

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La crisis vino para quedarse y hoy, más que nunca, se mira a las empresas. ¿Cómo afecta la crisis a la apuesta de las grandes corporaciones por su responsabilidad ante la sociedad en la que operan? Hay que distinguir. Los que vinieron a este nuevo campo de la gestión de la empresa para aprovechar el tirón plegarán las velas y cogerán nuevo rumbo. Aquellas empresas que, desde siempre, como FCC, han apostado por sus compromisos sociales y medioambientales, encontrarán una oportunidad competitiva, ahora que el barco socialmente responsable está soltando lastre.

Este tiempo, incierto y áspero, complicado, sin embargo cordura para una responsabilidad social convertida, hasta ahora, en ese cajón de sastre donde todo cabía y en el que muchos sectores rebuscaban por si encontraban algo.

Quizá sea el momento preciso para replantearse por qué solo se habla de responsabilidad social de las empresas. ¿Y dónde están los demás? Administraciones, universidades, hospitales, medios de comunicación, tercer sector, etc.

Debemos aprovechar este tiempo de crisis para, desde los “cuarteles de invierno” de la RSC, reflexionar. Al final, la responsabilidad, también la social, es de todos. Ya nadie discute que España ha logrado, durante los últimos treinta años, un admirable progreso. Ahora somos una democracia. Una sociedad que ha progresado económicamente con cifras inimaginables, con un Estado de bienestar más que aceptable.

Ahora, la pobreza, los desequilibrios y la irresponsabilidad social nos han tocado de lleno. Una sociedad como la nuestra no puede cruzarse de brazos, sino que debe ponerse a luchar para erradicarlos. Es cierto que este objetivo no es alcanzable de hoy para mañana. Pero hay que actuar lo más deprisa posible, desde un sistema de valores positivos y humanistas.

Ya hace algunos años, hubo valientes, a los que entonces tildaban de agoreros, que nos advirtieron de que nuestro modelo social empezaba a dar muestras de agotamiento, que era necesario definir un nuevo horizonte. Ahora surgen propuestas desde todos los ámbitos. Hay que mejorar nuestra educación superior, reformar el mercado de trabajo, invertir en tecnología, reducir el gasto social, remodelar de nuevo nuestro sistema de pensiones, conciliar la vida laboral con la personal y hacer sostenible el desarrollo económico. Pero, sobre todo, cambiar nuestro modelo de sociedad.

Somos una sociedad aparentemente opulenta, pero muy insatisfecha. Una sociedad construida en el ejercicio y la reclamación de los derechos, pero no en la asunción del deber y la responsabilidad. Una sociedad que no se siente vinculada a casi nada que no sea el egoísmo y el desarrollo personal.

El común denominador de todo esto es la insuficiente asunción de responsabilidad personal y colectiva. Hacia el presente y el futuro.

Es tiempo de crisis económica, sí, pero, sobre todo, de falta de responsabilidad. El efecto mariposa de la crisis no es solo achacable a lo financiero. En el fondo, aunque cueste reconocerlo, es una crisis de valores. Al estilo de Toma el dinero y corre, aquella película de Woody Allen. Con bonus y altas remuneraciones ligadas a objetivos cortoplacistas.

Crisis de responsabilidad, sí, pero, ¿por qué se ha producido? Analicemos algunos aspectos concretos.

Falta sentido del bien común o del interés general. Vuelvo a la idea antes expuesta. Los derechos han adelantado en raya continua a los deberes. Desde el púlpito de lo privado y, lo que es más grave, desde la trinchera de lo privado, solo se predica el ejercicio del derecho y no la responsabilidad del deber.

Es la hora de la sociedad civil responsable. Como apuntaba uno de sus principales valedores, el expresidente checo Vaclav Havel, el elemento fundamental y más legítimo de la democracia es la sociedad civil, contrapunto del poder político. Sin un fondo vivificante en forma de una sociedad civil de estructuración diversa, desde asociaciones a fundaciones, los partidos y las instituciones políticas se marchitan, pierden la inventiva y acaban convirtiéndose en aburridos grupos cerrados de profesionales de la política. La sociedad civil genera el verdadero pluralismo y el pluralismo –que lleva a la competencia– trae la calidad.

Es cierto que la sociedad civil tiene en España sus enemigos. Primeramente, el poder político, que siempre ve con desconfianza la fractura que de su poder omnímodo representa una sociedad civil organizada y que lo controla. Segundo, y ya lo denunciaba Ortega y Gasset en su España invertebrada, la escasa tradición en España de una sociedad estructurada al margen del Estado. Pero hay que intentarlo, por responsabilidad cívica y ciudadana.

Años antes de su muerte, el Dr. Viktor E. Frankl, afamado psiquiatra superviviente de Auschwitz y autor de El hombre en busca de sentido, planteó complementar la afamada “Estatua de la libertad”, situada en la costa este de los Estados Unidos, levantando una “Estatua de la responsabilidad” en la costa oeste.

Esa gran estatua busca ser la inspiración para el mundo en la unidad, la fraternidad y la cooperación como resultado de una libertad, sí, pero responsable para afrontar una nueva sociedad. Responsabilidad que, desde esta tribuna, nos exigimos a todos, no solo a las empresas.

Etiquetas: Opinión

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