Hambre, cambio climático y covid-19

Hambre y cambio climático, un binomio con múltiples relaciones a las que debemos sumar el impacto del COVID19

hambre y cambio climático

El mundo tiene 687 millones de personas subnutridas, un 8,9% de la población mundial, a los que habrá que sumar entre 182 y 231 millones (según escenarios) en 2030, según las previsiones post-COVID de la FAO. Si bien el mayor número de personas con hambre están en Asia (379 millones en 2019), la mayor prevalencia de subnutrición está en África Subsahariana, donde hoy en día el 22% de las personas no pueden satisfacer las necesidades de energía alimentaria mínimas diarias, y que ascenderá a más del 29% en 2030 según las estimaciones de la FAO (FAO, 2020). La pandemia del COVID 19 está teniendo un fuerte impacto sobre la seguridad alimentaria, y, a corto plazo, ha incrementado el número de personas que padecen hambre en una horquilla entre 83 y 132 millones de personas.

Relaciones entre hambre y cambio climático.

Aunque el problema de la desnutrición tiene su origen en diversas causas, lo cierto es que, una de las más graves es el cambio climático. Algunos estudios señalan que la variabilidad climática afecta al rendimiento agrícola según el cultivo y la región (Vogel, et al., 2019) observándose que, como consecuencia del aumento de las temperaturas globales, la productividad agrícola ha caído en un 21% desde 1961 en comparación con un escenario sin cambio climático siendo más grave en zonas más cálidas como África o América Latina y el Caribe con una caída entre el 26 y el 34% (Ortiz-Bobea, 2021) y se ha reducido considerablemente la producción mundial de alimentos básicos importantes por su contribución calórica, como el arroz y el trigo (Ray, 2019). Por otro lado, la intensificación agrícola para aumentar la producción también ha generado un daño ambiental serio a través de la deforestación de las tierras de pastoreo, la pérdida de suelo, la contaminación por pesticidas y la liberación de gases de efecto invernadero contribuyendo, así, al cambio de temperaturas global. Se estima que la agricultura genera entre el 19% y el 29% del total de emisiones de gases de efecto invernadero.

Las previsiones no son optimistas y si se mantiene el crecimiento de las emisiones de gases de efecto invernadero, es improbable el cumplimiento de lo acordado en París de limitar el aumento de temperatura a 1,5 ºC-2 ºC por encima de los niveles preindustriales. Si esto no fuera así, se pondrá en riesgo un tercio de la producción mundial de alimentos debido a las alteraciones derivadas del aumento de las temperaturas y de los cambios en los patrones de lluvia como pérdidas de cultivos, desertificación, escasez hídrica, aumento del nivel del mar, etc., que afectarán a diferentes áreas de cultivo, fundamentalmente al sur y sureste de Asia y África (Gráfico 1). Todo ello, además, en un contexto de crecimiento de la población mundial que se estima alcance los 9.000 millones de personas en el año 2050 y que, según la FAO, requeriría aumentar la producción de alimentos en torno al 70%. Sin embargo, se prevé una mayor volatilidad debido a la frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos lo que, en el caso europeo, podría suponer que, hasta el año 2050, la producción de maíz disminuya entre un 1% y un 2% y, en el sur de Europa, una reducción de hasta un 49%. Por el contrario, en el norte aumentaría entre el 5% y el 16% (EEA, 2021).

hambre y cambio climático

Gráfico 1. Impactos del cambio climático en la agricultura Fuente: elaboración propia a partir de EEA (2021).

 

¿Es el hambre solo un problema de falta de alimentos?

Un análisis más en detalle permite afirmar que hay una aceptación general de que el hambre no es un problema de escasez mundial de alimentos (gráfico 2), sino de problemas estructurales vinculados al sistema mundial de alimentación, el cual incluye desde la producción, la transformación, la distribución y el consumo. Por lo tanto, la lucha contra el hambre no se puede abordar desde perspectivas parciales, que afecten sólo a los países más empobrecidos donde los niveles de pobreza y desnutrición son más altos.

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Gráfico 2. Producción de alimentos en el mundo. Fuente: FAOSTAT.

La lucha contra el hambre se puede canalizar desde distintas perspectivas, todas ellas complementarias, aunque hayan sido defendidas desde diferentes agentes.  Así el Derecho a la Alimentación, la soberanía alimentaria y la seguridad alimentaria tienen por objeto abordar los problemas estructurales del hambre. Nos centraremos en el último.

La seguridad alimentaria se apoya en 4 pilares: la disponibilidad de alimentos, la accesibilidad a los alimentos, la estabilidad de la oferta alimentaria y el uso nutricional de los alimentos, todos vulnerables al cambio climático.

La disponibilidad de alimentos se ve condicionada por variables con una estrecha relación con el cambio climático como son los niveles de producción en los mercados locales y nacionales y el acceso al agua, entre otros. La productividad agrícola se ve afectada negativamente por el cambio climático y, además, tiene una mayor repercusión en los países menos adelantados (Cline, 2008). Los crecientes problemas con el agua también afectan negativamente a la producción agrícola, nuevamente en mayor medida en los países o en las regiones donde las infraestructuras de canalización, acopio y depuración son más precarias. Los pequeños agricultores y las comunidades cuya alimentación dependen directamente de su capacidad para producir sus propios alimentos son los más afectados por esos fenómenos.

Hambre, cambio climático y coronavirus.

A los efectos del cambio climático hay que sumar los de la pandemia del coronavirus. Los meses de confinamiento domiciliario, que de una forma u otra se han dado en la gran mayoría de los países, ha supuesto importantes problemas en la oferta alimentaria, ya fuera por la escasez de insumos (fertilizantes, por ejemplo), la escasez de mano de obra y la ruptura de las cadenas de suministro (transporte y comercialización), que ha sido más extremo en lugares periféricos y muy dependiente del abastecimiento externo (a la propia región o país). No obstante, la situación postCOVID-19 no se caracterizará por la escasez de alimentos, dado que, por ejemplo, la FAO estima que la producción de trigo, arroz, maíz y soja estará por encima de la media de 2020, pero si habrá que atender a los trastornos ocasionados en las diferentes etapas de la cadena de suministro de alimentos.  

Asimismo, el acceso a los alimentos -la capacidad de cada unidad familiar de tener acceso a los alimentos en cantidad y calidad suficiente- depende de los precios de los elementos que tienen una estrecha correlación con episodios climáticos extremos que se han acentuado como consecuencia del cambio climático, además de muchas otras variables (Durán y Sánchez, 2012). Adicionalmente, el COVID se ha manifestado en la ruptura de la cadena de suministro de los alimentos, afectando a los precios. Pero aún si cabe más importante, ha sido que un elevado porcentaje de hogares han visto mermados sus ingresos, bien por la caída en ingresos laborales[1] o incluso por la desaparición como consecuencia de la pérdida de empleo y de la imposibilidad de ganarse la vida en la calle (por ejemplo, los vendedores ambulantes).

hambre y cambio climático

Gráfico 3. Evolución de los precios de los alimentos desde el estallido de la pandemia del COVID-19. Fuente: UNCTADSTAT.

El tercer lugar la seguridad alimentaria está vinculada a la estabilidad de la oferta de los alimentos a lo largo de todo el año. Dicho con otras palabras, no se puede comer un mes y ayudar once meses. La variabilidad del clima y la creciente frecuencia y severidad de los fenómenos extremos (sequías y riadas) afectan de forma directa a la oferta alimentaria e, indirectamente, a la volatilidad de los precios y, a su vez, a la capacidad de compra de los hogares. El confinamiento afectó severamente ocasionando problemas de desabastecimiento en zonas periféricas, así como en zonas densamente pobladas con problemas en el suministro.

Finalmente, la seguridad alimentaria también descansa en el buen uso de los alimentos. No olvidemos que la obesidad, como manifestación de la malnutrición es un problema creciente en el mundo, que afecta en mayor medida a los colectivos con menor renta disponible. Las dietas saludables son 5 veces más caras y aproximadamente 3.000 millones de personas en el planeta no se lo pueden permitir. Los cambios en la temperatura media global, la mayor afluencia de épocas de sequías o de lluvias torrenciales precipitan las enfermedades, plagas que afectan directamente a la calidad de los alimentos, aumentando los riesgos de malnutrición (Lal, et al. 2011). La pandemia también ha tenido efectos perversos en este pilar, favoreciendo el consumo de alimentos no saludables, por ejemplo, consumiendo un mayor número de postres o dulces que se hacían en casa como mecanismo para pasar el tiempo y entretener a los menores o bien con la mayor proporción a la comida basura, por apatía, menos renta, desaparición de los programas de comedores escolares, etc.

Hambre y cambio climático ¿Podrías decirme, por favor, que camino debo seguir para salir de aquí?[2]

A pesar de los avances técnicos y la intensificación agrícola, lo cierto es que el hambre ha persistido y el cambio climático lo ha agravado de tal manera que las poblaciones que padecían inseguridad alimentaria han empeorado su situación.

Las soluciones planteadas tampoco han obtenido los resultados esperados. Así, ya en el año 2000, el Objetivo de Desarrollo del Milenio (ODM) número 1 estableció que había de reducirse a la mitad el porcentaje de personas desnutridas en 2015 tomando como referencia los valores de 1990. Pese a los importantes logros en muchos países, destacando por ejemplo China, el reto seguía vigente. Primero porque no basta con reducir a la mitad el porcentaje de personas que no tiene acceso a los alimentos suficientes y, segundo, porque no se trata solo de comer, sino de comer alimentos de calidad producidos y distribuidos en un marco de respeto al medio ambiente.

Por su lado, la Agenda de Desarrollo Sostenible 2030, a través del ODS 2, Hambre Cero incluye, de nuevo a través de sus cinco metas, la imperiosa necesidad de eliminar el hambre, pero asegurando el acceso a una alimentación sana, nutritiva y suficiente durante todo el año y poniendo el acento en los pobres y las personas en situaciones vulnerables (lactantes, adolescentes, mujeres embarazadas y personas de edad). Junto a ello, se abordan cuestiones relacionadas con la productividad agrícola y el acceso a medios técnicos y financieros de los productores.

Se trata, por tanto, de llevar a cabo una transformación del actual sistema agroalimentario, que mejore la productividad agrícola reduciendo el impacto ambiental asegurando, además, la sostenibilidad de los sistemas de producción de alimentos con prácticas agrícolas adaptadas y resilientes al cambio climático y, no sólo eso, un sistema alimentario que permita garantizar el suministro de alimentación de manera suficiente y a precios asequibles en situaciones como las vividas recientemente con la crisis de la COVID-19.

agricultura sostenible

Según el Banco Mundial, esto requiere inversiones agrícolas que contribuirían a mejorar la productividad, a menos emisiones, a conseguir mejores resultados en términos de nutrición al producir alimentos con mayor contenido de nutrientes, a fortalecer la cadena de valor y el acceso a los mercados y, finalmente, contribuiría a mejorar las condiciones de los agricultores pobres y, si se les da los medios y recursos necesarios, a cerrar la brecha de género.

En los últimos años, las innovaciones agrícolas, sobre todo, en el ámbito de las tecnologías digitales, han ido en aumento buscándose una agricultura más inteligente que permita alcanzar los objetivos señalados pero que pueden conllevar un riesgo en términos de exclusión por lo que deben ir acompañadas de inversiones en capital humano que permita un acceso más fácil a las nuevas tecnologías y permita renovar el sector agrícola con la incorporación de generaciones más jóvenes.

Finalmente, es importante señalar que, además de la mejora en los sistemas de producción y distribución es clave la reducción de los residuos alimentarios, así como controlar la pérdida de alimentos. Ambos objetivos están también incluidos en los ODS, concretamente, en la meta 12.3 sobre Producción y Consumo Sostenible indicando que, de aquí a 2030, será necesario reducir a la mitad el desperdicio de alimentos per cápita a nivel mundial en la venta al por menor y a nivel de los consumidores y reducir las pérdidas de alimentos en las cadenas de producción y suministro, incluidas las pérdidas posteriores a la cosecha.

Las implicaciones de estos cambios son múltiples, pero pasan, además de innovaciones tecnológicas, por cambios en los hábitos de consumo y dietas alimentarias, así como por incorporar principios de economía circular en la agricultura. En este sentido, es destacable las estrategias “de la granja a la mesa” incluida en el Pacto Verde y cuyo principal objetivo es precisamente garantizar un sistema alimentario sostenible desde el respeto por el entorno y la protección de la salud (Comisión Europea, 2020).

[1] La caída en los ingresos se puede deber a muchas razones, tales como los menores salarios por trabajar menos horas, estar en planes de suspensión temporal de la actividad (por ejemplos los ERTES en España), la disminución de las remesas percibidas por las familias.

[2] Alicia en el País de las Maravillas.

 

Por Gemma Durán Romero y Ángeles Sánchez Díez. Universidad Autónoma de Madrid.


Bibliografía

Cline, W.R. (2008). “Agricultura y cambio climático”, Finanzas y Desarrollo, marzo.

Comisión Europea (2020). Estrategia “de la granja a la mesa” para un sistema alimentario justo, saludable y respetuoso con el medio ambiente, COM (2020) 381 final, Bruselas.

Durán, G. Sánchez, A. (2012). Cambio Climático y derecho a la Alimentación: Acción Contra el Hambre, Ayuda en Acción, Cáritas Española, Ongawa y Prosalus, Madrid.

European Environmental Agency (EEA) (2021). Global climate change impacts and the supply of agricultural commodities to Europe, Briefing, 16 marzo.

FAO (2020): El estado de la seguridad alimentaria y nutricional en el mundo. 2020. FAO, Naciones Unidas.

Lal R., M.V.K. Sivakumar, Faiz S.M.A., Rahman A.H.M.M. and K.R. Islam (Eds). (2011). Climate Change and Food Security in South Asia. Springer. New York. London.

Ortiz-Bobea, A., Ault, T. R., Carrillo, C. M., Chambers, R. G., Lobell, D. B. (2021).   Anthropogenic climate change has slowed global agricultural productivity growthNature Climate Change 11306–312.

Ray D. K., West, P.C., Clark, M., Gerber, J. S., Prishchepov, A.V. Chatterjee, S. (2019). Climate change has likely already affected global food production. PLoS ONE 14(5): e0217148.

Vogel, E., Donat, M.G., Alexander, L. V., Meinshausen, M., Ray, D.K., Karoly, D., Meinshausen, N., Frieler, K. (2019). The effects of climate extremes on global agricultural yields, Environmental Research Letters 14(5), 054010.

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