Sistemas alimentarios sostenibles para mitigar el cambio climático

Los sistemas alimentarios sostenibles pueden lograr reducciones de gases de efecto invernadero de hasta un 70%.

sistemas alimentarios sostenibles

La conciencia sobre el desafío que implica el cambio climático ha ido creciendo en los últimos años, haciendo que las sociedades nos veamos urgidas a revisar nuestros patrones de producción y consumo desde la óptica de su mayor o menor contribución al agravamiento de este problema. Los sistemas alimentarios sostenibles son parte de ese desafío.

Algunos estudios[1] nos ayudan a tomar conciencia del desafío: en 2010 el volumen mundial de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) se situaba en 48 gigatoneladas equivalentes de CO2.  Una gigatonelada (Gt) equivale a mil millones de toneladas, es decir, un billón de kilos; diferentes gases tienen diferente potencial de calentamiento atmosférico, por lo que, para poder agregar y comparar valores, se convierten según su equivalencia con el CO2. Las magnitudes nos desbordan, pero pensemos que, para mantener el planeta en un umbral de calentamiento de entre 1,5ºC y 2ºC, que se estima que permitiría evitar consecuencias catastróficas, deberíamos reducir antes de 2050 las emisiones a menos de la mitad, a unas 21 Gt. Sin embargo, si no actuamos, la progresión de incremento de nuestras emisiones de GEI nos podría llevar a un escenario catastrófico de 85 Gt.

Sistemas alimentarios sostenibles: nuestros sistemas alimentarios tienen una responsabilidad nada desdeñable en esta situación

Las estimaciones sitúan la contribución actual de los sistemas alimentarios a la generación de emisiones de GEI entre el 30% y el 37% del total. Con las tendencias actuales –si no se actúa– se estima que las emisiones provocadas por los sistemas alimentarios podrían incrementarse un 25% hasta 2050; sin embargo, lo que necesitamos, a la vista del desafío global, es que sean sistemas alimentarios sostenibles capaces de reducir sus emisiones en un 75%.

Este problema global está también presente en España. La huella total de carbono de la alimentación en nuestro país[2], desde la producción de insumos a la gestión de residuos, se ha multiplicado por 3,9 en términos totales entre 1960 y 2010, y por 2,5 en términos per cápita; en 2010 la alimentación de cada persona en nuestro país llevaba asociada la generación de 3,6 toneladas equivalentes de CO2 al año.

En otro de los artículos de este Observatorio de Salud y Medio Ambiente 2021 podremos ver que el cambio climático tiene un impacto negativo a nivel global sobre los sistemas alimentarios, lo que reduce la capacidad de alimentar a toda la humanidad. Por tanto, los sistemas alimentarios, al mismo tiempo que son grandes contribuyentes a la generación del cambio climático, son grandes perjudicados por él.

Análisis de los beneficios de los sistemas alimentarios sostenibles

Pero aquí vamos a centrarnos en la capacidad de mitigación del cambio climático que tenemos si actuamos adecuadamente sobre el conjunto de los sistemas alimentarios, es decir, sobre el potencial de reducción de emisiones de GEI que tenemos si impulsamos una transición hacia sistemas alimentarios sostenibles, tanto desde la producción como desde el consumo.

Si analizamos primero desde el punto de vista de la producción, lo primero que constatamos es que en las próximas décadas existirá un desafío de incrementar la producción y que deberá hacerse a través de mejoras en la eficiencia y la productividad agrícola y ganadera, ya que se debe evitar la ampliación de la frontera agrícola. Además, será importante buscar fuentes de energía alternativas para las labores agrícolas (en porcentaje, la agricultura es el segundo sector económico que más depende de los combustibles fósiles para funcionar; se estima que el 14% de las emisiones de GEI del sector agrícola proviene de la utilización de combustibles fósiles).

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Junto a ello, el World Resources Report 2018 identificaba varias líneas de acción que podrían traducirse en sustanciales reducciones de las emisiones de GEI en la producción de alimentos. Analizando la desagregación de las emisiones de GEI de la agricultura, vemos en el mayor peso lo tiene el ganado rumiante (ganado vacuno, ovino y caprino), que utiliza dos tercios de la tierra agrícola mundial y aporta aproximadamente la mitad de las emisiones relacionadas con la producción agrícola. Sin embargo, analizando los datos de emisiones por kilo de carne producido, se aprecian grandes diferencias entre unos lugares y otros. Existe, por tanto, un potencial significativo de mejora, que se puede lograr aumentando la producción por animal mediante la mejora de la calidad de los alimentos, la cría y el cuidado de la salud; y aumentando la producción de pienso por hectárea.

Otro ámbito en el que se pueden conseguir reducciones significativas es en la producción de arroz, cuyas emisiones de metano pueden llegar a suponer el 10% del total de emisiones provenientes de la producción agrícola; una combinación de medidas adecuadas puede llegar a reducir hasta un 90% estas emisiones.

Los fertilizantes aplicados a cultivos y pastos (principalmente fertilizantes sintéticos, pero también estiércol y otras fuentes) fueron responsables en 2010 de unas emisiones estimadas en 1,3 Gt equivalentes de CO2. Casi todas estas emisiones resultan de la fabricación, transporte y aplicación de nitrógeno. A nivel mundial, los cultivos absorben menos de la mitad del nitrógeno aplicado en la agricultura; el resto se filtra a las aguas subterráneas o superficiales, causando contaminación o se escapa al aire en forma de gases, incluido el óxido nitroso, 300 veces más potente como GEI que el CO2. Si los agricultores estuvieran dispuestos a evaluar las necesidades de nitrógeno para aplicarlo estrictamente en la cantidad requerida se podrían conseguir reducciones importantes (hasta 1 Gt equivalente de CO2 al año). El problema es que este tipo de manejo de cultivos tan preciso resulta costoso, mientras que los fertilizantes nitrogenados son baratos.

También el manejo del estiércol generado en la cría de diferentes tipos de ganado implica unas emisiones de GEI significativas; existen sistemas de gestión de estiércol que pueden reducir sustancialmente sus emisiones a un coste bastante razonable.

Pero si algunas medidas pueden ayudar a reducir emisiones desde la producción, igualmente importantes son las iniciativas que se pueden poner en marcha desde el consumo, que, sumadas, pueden suponer la reducción de un tercio de todas las emisiones de GEI de los sistemas alimentarios, al mismo tiempo que se promueven dietas más saludables.

En este sentido, la moderación en el consumo de carne de rumiantes puede ser una de las medidas fundamentales, hasta tal punto que, si el 20% de la población mundial que es gran consumidora de carne de rumiantes redujera en un 40% su consumo y no pasara de 1,5 raciones a la semana, se podrían reducir 5,5 Gt. CO2 eq.

Otra estrategia importante está relacionada con la reducción de las pérdidas y desperdicio de alimentos que en la actualidad implican aproximadamente un 20% del total de emisiones de GEI provenientes de los sistemas alimentarios. Reducir el desperdicio alimentario en un 50% a nivel mundial, como plantea la meta 12.3 de los ODS, podría implicar una reducción en torno a 3 Gt CO2 equivalente.

Por todo lo señalado, si bien el desafío del cambio climático se ha visto agravado por nuestros sistemas alimentarios, tenemos la posibilidad de avanzar hacia sistemas alimentarios sostenibles desde la producción y el consumo y conseguir reducciones de GEI de hasta el 70%. Esto requiere la colaboración decidida de todos los actores de la cadena alimentaria, desde la producción hasta el consumo

 

José María Medina Rey, responsable de gestión del conocimiento de Enraíza Derechos


[1] Utilizamos aquí el World Resources Report 2018, titulado “Creating a sustainable Food Future”, elaborado por Banco Mundial, PNUMA y PNUD, con la colaboración de CIRAD e INRA.

[2] “Emisiones de gases de efecto invernadero en el sistema agroalimentario y huella de carbono de la alimentación en España”. Eduardo Aguilera y Alberto Sanz Cobeña (coordinadores del proyecto). Real Academia de Ingeniería, 2020.

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