Contaminación acústica: causas y consecuencias

Es molesta y puede provocar sordera, pero, además, la contaminación acústica causa insomnio, estrés y problemas cardiovasculares. Escuche: cada año en Europa se pierden por su culpa 1,6 millones de años de vida saludable.

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Si se suma el tráfico de una ciudad, el ruido de las actividades de ocio, el de aviones y trenes, el de las actividades domésticas –incluida la escucha voluntaria de música, lavadoras, bajantes de tuberías y aspiradoras–, el de obras en las calles, más los de la industria y la construcción, nos encontramos con una contaminación acústica que no se ve, pero que nos pone malos.

 

  1. La contaminación acústica y la reducción de años de vida saludable
  2. Perder un sentido que afecta a otros
  3. La contaminación acústica no es solo un problema de oídos
  4. Estrés, fatiga e incomunicación
  5. Políticas ambientales y contaminación acústica
  6. El tráfico, uno de los principales generadores de contaminación acústica

La contaminación acústica y la reducción de años de vida saludable

De todo ello habla el Observatorio sobre la Salud y el Medioambiente publicado por DKV y Gaes sobre Ruido y Salud. El trabajo lo ha dirigido Jesús de la Osa, médico y experto medioambiental. Abra los oídos; no es broma. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada año se pierden en Europa 1,6 millones de años de vida “saludable” a causa del ruido ambiental. 

 

La millonaria cifra incluye tanto el tiempo de vida perdida como el vivido con una discapacidad, disfunción o enfermedad a causa del ruido del entorno. Más coloquialmente, se cuantifica también la calidad de vida que se merma por intranquilidad, agitación, desasosiego, disgusto o perturbación… Se trata, al fin y al cabo, de unas molestias que pasan factura a nuestra salud, entendiéndose ésta como la define la Organización Mundial de la Salud: “un estado de completo bienestar físico, mental y social, no la mera ausencia de enfermedad”. De ese total de 1,6 millones de años desestimados por el ruido –diferente al sonido por la molestia que provoca y porque no es deseado–, veríamos que están identificados los siguientes datos. Ese tiempo perdido se debe a trastornos de sueño, al estrés, a los acúfenos, pitidos o zumbidos que escuchan las personas con daño auditivo, a enfermedades relacionadas con el corazón y al deterioro cognitivo en menores.

 

La contaminación acústica tiene por tanto un impacto clarísimo en la salud pública de un país. Se estima que alrededor de un 20% (unos 90 millones de personas) de la población de la Unión Europea está expuesta habitualmente a niveles de presión sonora que afectan negativamente a la salud. Esta cuantiosa cifra va seguida además de un coste económico que se refleja en bajas laborales y gastos sanitarios para tratar las enfermedades provocadas o agravadas por el ruido. El importe final es difícil de cuantificar, porque muchas veces la contaminación acústica resulta complicada de disociar de la atmosférica, pero diversos estudios apuntan que los costes de ambas representan el 0,6% del PIB europeo.

 

Perder un sentido que afecta a otros

Y, aunque el daño del sistema auditivo depende de la sensibilidad de cada persona, de la intensidad del ruido y de los tiempos de exposición al mismo, sus daños son evidentes y, en mayor o menor medida, provocan sordera, dolores de oído, ruidos y vértigos.

 

El daño más común y cada vez más frecuente entre todas las edades (hace años la sordera era un problema casi exclusivo de gente mayor o de personas altamente expuestas a ruidos) es el traumatismo acústico crónico. Hoy, además, el uso continuado de reproductores portátiles con auriculares, la asistencia a conciertos a gran volumen y el alto volumen de la música en bares y discotecas representan un riesgo añadido para la población joven. Esta lesión se produce por la exposición al ruido repetida y prolongada y supone el deterioro del sistema auditivo. Su consecuencia directa es la pérdida del sentido del oído, pero el problema es mayor, ya que puede derivar en otras complicaciones añadidas. 

 

Perder audición implica muchas veces el deterioro de la capacidad oral y la conversación normal, dificultad para las relaciones sociales, disminución del rendimiento académico y laboral, limitación de oportunidades de trabajo, aislamiento y depresión, entre otros problemas. 

El síntoma principal del trauma acústico crónico es una sensación de ensordecimiento, sordera, y suele ser bilateral. Con esta lesión es frecuente la aparición de acúfenos temporales o permanentes. Estos consisten en la percepción de un sonido que no existe en el entorno, la mayoría de las veces bajo forma de pitido o zumbido. Según la gravedad de la lesión y el grado de afectación, pueden aparecer además hemorragias en el oído, dolor y alternaciones en el equilibrio. 

 

En un 95% de los casos, son subjetivos y solo los escucha el afectado; su origen son las lesiones del oído interno por exposición aguda o crónica al ruido intenso. Una tercera parte de ellos puede acabar interfiriendo en la actividad cotidiana de la persona por su grado de molestia, porque pueden acabar volviendo loco a quien los oye. “El acúfeno puede estar cargado de un gran componente emocional negativo que hace que se desorbite su percepción.

 

"Estados de ansiedad, estrés o depresión provocados por el propio acúfeno o anteriores aumentan su gravedad en un círculo vicioso de amplificación. Reestructurar las conexiones entre centros corticales y subcorticales que procesan la señal para que deje de ser un elemento de atención, incluso sin eliminar la fuente de generación, es la base fisiológica del tratamiento”, señala el documento. Es lo que cuenta Isabel Benito, una madrileña que los padece desde hace años. Ella los llama grillos. Vive con ellos y, dependiendo de lo cansada que esté, cantan más o menos alto, pero están siempre. “Hay veces que no me dejan dormir. En esos casos, me pongo nerviosa, acabo insomne y agotada. También cuando están muy fuerte me cuesta más entender una conversación. Mi truco contra ellos es intentar saber llevarlos y no obsesionarme más”, dice. 

 

En las páginas que el informe dedica a los daños auditivos, se explica también cómo una explosión o un ruido de intensidad extraordinaria, normalmente de escasa duración (detonaciones, explosiones, disparos...), puede ocasionar un trauma acústico agudo y producir sordera. Su evolución es muy variable y puede desaparecer en horas, disminuir o instaurarse para siempre. 

 

Las preguntas son entonces: ¿cuánto es mucho ruido?, ¿cuándo empezamos a dañar nuestro sentido por escuchar música muy alta, por ejemplo? La respuesta es compleja, porque, entre otras cosas, y más si hablamos de los efectos no auditivos, el ruido es una molestia y por lo tanto puede ser subjetiva. Tal y como señala Jesús Merino, gerente de la Asociación Española para la Calidad Acústica: “Si quieres dormir y buscas descansar, el murmullo de la televisión te puede molestar y perturbar el sueño. En cambio, si estás de fiesta, quieres fiesta y música”.

 

No obstante, y a pesar de lo que el vecino considere como música a un nivel normal y que a usted le pueda molestar hasta la enfermedad, hay baremos para saber qué es nocivo. “Hay acuerdo en que la exposición a niveles de sonido menores de 70 dB (decibelios) no produce daño auditivo, independientemente de su duración y que la exposición durante más de 8 horas diarias a niveles sonoros mayores de 85 dB es potencialmente peligrosa”, recoge el informe de DKV y Gaes sobre contaminación acústica. (Para hacerse una idea, ese ruido equivaldría al del tráfico de camiones pesados en una carretera con mucho tráfico.)

 

La contaminación acústica no es solo un problema de oídos

Pero, más allá de los efectos auditivos, el ruido perjudica otros aspectos de la salud. La Comisión Europea establece que la exposición al ruido altera el sueño, afecta al desarrollo cognitivo infantil y puede causar enfermedades psicosomáticas, entre otras. Se haría cierta así la frase del poeta Juan Ramón Jiménez de “con ruido no veo” porque, de alguna u otra forma, ensordece, aturde y entorpece otros sentidos.

 

“Con el paso del tiempo, no disfrutar de un buen descanso provoca estrés prolongado y fatiga. Además, al final surgen problemas de insomnio, taquicardia, e incluso la sangre se puede espesar”, asegura Felipe Merino, gerente de la Asociación Española para la Calidad Acústica.

Hay muchos estudios que constatan que la contaminación acústica tiene efectos perniciosos sobre nuestra salud. “Daña nuestro corazón, existiendo evidencia de asociación entre exposición a ruido ambiental e infartos de miocardio y angina de pecho, hipertensión y accidentes cerebrales vasculares. Altera nuestro sueño, no solo despertándonos o impidiéndonos conciliarlo, sino modificando sus ciclos y fases, lo que origina fatiga y menor rendimiento”, explicaba Jesús de la Osa en un chat a los internautas interesados en este tema.

 

Los daños relacionados con el corazón se han constatado en trabajos como el denominado NAROMI (Noise burden and the risk of myocardial infarction), HYENA (Hypertension an exposure to noise near airports) y LARES (Large analysis an rewiews of european housing and health status). En ellos, se demuestra la asociación entre el ruido de tráfico y las enfermedades isquémicas cardiacas (aquellas en que hay falta de riesgo sanguíneo y de aporte de oxígeno a los tejidos, como la angina de pecho y el infarto agudo de miocardio). Los efectos del ruido sobre el corazón pueden ser observados con exposiciones diarias a largo plazo a niveles de ruido superiores a 65 dB o con exposiciones agudas a niveles de ruido superiores a 80-85 dB.

 

Y, según se informa en el documento del Observatorio, recientemente, algunos estudios del Instituto de Epidemiología del cáncer de Copenhague señalan la posible influencia en los infartos cerebrales: “Por cada 10 dB que se incrementa el ruido de fondo causado por vehículos, la posibilidad de sufrir un ictus crece un 14% en mayores de 65 años, sobre todo en umbrales altos de ruido, por encima de 60 dB. Quizá sea la interferencia con un sueño adecuado una de las causas intermedias que contribuyen a ese aumento. De lo que no cabe duda es de que quien quiere cuidar su corazón también tiene que protegerse de la contaminación acústica”, resume el documento.

 

Estrés, fatiga e incomunicación

No obstante, el principal efecto no auditivo del ruido ambiental es la molestia, un aspecto muy personal, que a su vez puede alterarnos físicamente. La falta de descanso nocturno, la sensación de amenaza debida al cansancio y la poca capacidad de control sobre él hacen que el ruido sea molesto, nos irrite, provoque ansiedad y otros trastornos psicológicos que, en los casos más serios, pueden alterar el humor y generar estados depresivos.

 

El problema es que es un contaminante con un carácter muy subjetivo en el que la susceptibilidad y sensibilidad individual al ruido es muy variable. El estudio explica que el ruido es un factor estresante de carácter físico (vibraciones del aire percibidas como sonido no deseado), externo (proviene del exterior), común (por lo extendido que se encuentra) y no específico que de por sí no debe ser negativo, siempre que sea en casos puntuales y sirva de alarma, como en el mundo animal, un aviso del organismo de “huye o lucha”. Los problemas psicológicos vienen cuando se hacen crónicos. “Bajo esta visión psicológica, el ruido como factor de estrés ambiental puede intervenir en trastornos de sueño, del aprendizaje, la memoria, la motivación, la resolución de problemas y en el incremento de irritabilidad y las agresiones”, puntualiza el documento del Observatorio.

 

También interfiere la comunicación entre las personas, reduce el rendimiento laboral y la capacidad de aprendizaje escolar, provoca deterioro cognitivo en los niños y puede ocasionar retraso en el crecimiento intrauterino del feto.

 

Políticas ambientales y contaminación acústica

Somos ruido, hacemos ruido y vivimos entre él, pero podemos evitarlo o, al menos, reducirlo. Existe la leyenda urbana de que España es uno de los países más ruidosos del mundo, pero no hay evidencia de ello y medirlo es complejo, dado que los indicadores y formas de vida son muy distintos de un sitio a otro.

 

Como venimos diciendo, el ruido y sus molestias tienen una parte subjetiva y están ligados a la cultura y formas de vida de cada pueblo. “No podemos comparar nuestros niveles de ruido, con 40 millones largos de habitantes, con el que produce un país como Suecia, de una población mucho menor y con una vida fuertemente marcada por su clima. Aquí, la noche es mucho más larga, hay vida en la calle, y allí, en invierno, a las 3 de la tarde no hay luz ni apenas actividad”, explica Felipe Merino. Él, desde su asociación, trabaja con empresas para silenciar entornos y concienciar y educar a la ciudadanía y a los gobernantes por un mundo más silencioso.

 

La lucha contra la contaminación acústica es compleja: está dentro y fuera de las casas y afecta a diferentes ámbitos, negocios y legisladores. También a la escuela, porque se debe enseñar a respetar el tiempo de descanso de los otros, a conducir evitando pitar el claxon y dando acelerones y a consumir música y disfrutar del ocio de una forma saludable.

 

La ordenación territorial y la planificación urbana deben apostar por una movilidad más sostenible que reduzca el tráfico de vehículos y el intenso ruido originado por ellos. Las zonas de tráfico calmado o pacificado, junto con las zonas peatonales, son también importantes para reducir la contaminación acústica. Las solución técnicas y tecnológicas pueden ayudar mediante motores más silenciosos, pavimentos absorbentes, insonorizaciones y aislamiento acústico, como ventanas, fachadas y barreras acústicas.

 

La Ley del Ruido es el instrumento normativo de ámbito nacional para prevenir, vigilar y reducir la contaminación acústica y evitar daños a la salud humana, a los bienes y al medioambiente. Las molestias de los ruidos domésticos son competencia de municipios y autonomías. Y, por encima de todos ellos, está la normativa europea, la Directiva 49/2002. Según esta última, por ejemplo, se establecen unos mapas del ruido que todas las ciudades deben cumplir.

 

El tráfico, uno de los principales generadores de contaminación acústica

Etiquetas: Contaminación