La importancia de la biodiversidad para protegernos ante las pandemias

Las especies más proclives a desaparecer son precisamente aquellas que amortiguan las enfermedades infecciosas. A pesar de la emergencia sanitaria, no podemos perder de vista la necesidad de mantener la diversidad biológica del planeta: un millón de especies podrían desaparecer en las próximas décadas.

importancia de la biodiversidad

Un conocido refrán sostiene que «la paciencia es la madre de la ciencia» y, en lo que se refiere a los avisos que los investigadores dan a la sociedad, esa máxima parece cumplirse. Científicos de diferentes ramas llevan décadas advirtiendo sobre los peligros del cambio climático y, sin embargo, hasta que la situación no ha amenazado con ser irreversible parecen no haber sido escuchados. Algo similar ha sucedido con la entrada en escena del coronavirus y de la importancia de la biodiversidad para controlar este tipo de enfermedades infecciosas.

En 2019, el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, advertía del riesgo de que se produjese una nueva pandemia de gripe que saltase de los animales a los seres humanos y se propagase con virulencia. «La cuestión no es saber si habrá una nueva epidemia de gripe, sino cuándo ocurrirá. Debemos mantener la vigilancia y prepararnos, porque el coste de un nuevo brote será muy superior al de la prevención». Y, echando la vista aún más atrás, la ciencia había dado varias señales de aviso de que la protección de la naturaleza, más concretamente de la biodiversidad, era un primer escudo para protegernos de pandemias como la que hoy vivimos.

La importancia de la biodiversidad para frenar enfermedades

Ya en el año 2010, varios investigadores de las universidades de Princeton y Cornell y del Bard College (Nueva York) concluían en un artículo publicado en la revista Nature, que las especies que son más proclives a desaparecer son precisamente las que más nos protegen ante la expansión de enfermedades infecciosas y que, sin ellas, seríamos mucho más vulnerables a los virus como el que hoy ha irrumpido en nuestra vida. «Con la simplificación a la que sometemos los ecosistemas, eliminando especies y reduciendo procesos ecológicos a su mínima expresión, estamos aumentando los riesgos para la salud humana a gran escala.

Virus del Nilo, gripe aviar, fiebre hemorrágica de Crimea-Congo, virus del Ébola, enfermedad por virus de Marburgo, fiebre de Lassa, coronavirus del síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS-CoV), síndrome respiratorio agudo grave (SRAG), virus de Nipah, enfermedades asociadas al henipavirus, fiebre del Valle del Rift, virus de Zika y muchas enfermedades más son zoonosis que figuran en la lista de enfermedades prioritarias, establecida por la OMS en 2018», recordaba Fernando Valladares, investigador del CSIC en un artículo reciente. A la vez, advertía: en esa lista, se hace alusión a una enfermedad X, sin nombre, que causará una epidemia mundial muy importante debida a un patógeno aún desconocido.

Si la biodiversidad es un escudo protector frente a los virus, en los últimos años se ha agrietado gravemente. Hace ahora un año, la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES), auspiciada por Naciones Unidas, publicaba el primer informe sobre la situación de la biodiversidad global, en el que participaron un centenar de expertos que analizaron más de 15.000 documentos publicados desde 1970. Sus conclusiones fueron alarmantes: un millón de especies –o, lo que es lo mismo, una de cada ocho de las que habitan el planeta– están camino de desaparecer por consecuencias derivadas de la acción humana.

De hecho, según se desprende de los datos recogidos en ese informe, en las últimas décadas de crecimiento económico desmedido se ha producido un enorme impacto en los ecosistemas ya que, por ejemplo, tres cuartas partes de la superficie terrestre han sufrido alteraciones considerables y se ha perdido más del 85% de los humedales. Además, la abundancia promedio de las especies de animales y plantas se ha reducido entre un 20 y un 25% en ese mismo periodo de tiempo.

«Virus y bacterias conviven con nosotros desde siempre. En hábitats bien conservados, con gran diversidad de especies que se relacionan en equilibrio, los virus se distribuyen entre las distintas especies y no afectan al ser humano. Pero cuando la naturaleza se altera o destruye, se debilitan los ecosistemas naturales y se facilita la propagación de patógenos, aumentando el riesgo de contacto y transmisión al hombre, con los consiguientes efectos negativos sobre nuestra salud», advierten en Pérdida de naturaleza y pandemias. Un planeta sano por la salud de la humanidad, el último informe lanzado por WWF, en el que recuerdan que esta crisis sanitaria está directamente vinculada con la destrucción del planeta.

Los primeros pasos para mejorar la situación de los sistemas naturales alterados –entre otras cosas, por la destrucción directa de hábitats, desaparición y tráfico de especies, intensificación del uso del suelo agrícola y ganadero– pasan por frenar la extinción y reducir nuestra huella ecológica, luchando también contra el cambio climático. «Después de la emergencia sanitaria, será necesario replantearse la prevención y lucha de futuras pandemias», concluyen.

Por ETHIC

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