Vivir la biodiversidad

Es imprescindible conocer y reconocer la biodiversidad, de la que depende la vida en el planeta y, por tanto, nuestro bienestar. Sonia Castañeda, directora de la Fundación Biodiversidad, explica los retos que se deben acometer para frenar la pérdida acelerada de especies o fomentar un desarrollo económico respetuoso con el medio ambiente.

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La biodiversidad es mucho más que un término científico o una bonita postal. Constituye la enorme variedad de formas mediante las que se organiza la vida. Desde los grandes animales a los microorganismos; desde los ecosistemas a los minúsculos genes que conforman cada individuo.

De ella depende la vida en el planeta y nuestro bienestar. Es por eso que debemos tomar conciencia de la importancia de la biodiversidad en nuestras vidas. Nosotros mismos formamos parte de ella, somos biodiversidad.

Pero a pesar de ser tan resiliente, la biodiversidad es también muy frágil. A veces, una mínima alteración de uno de sus componentes puede afectar el resto de la cadena y producir un desequilibrio en el conjunto. Su cuidado y preservación es, por tanto, responsabilidad de cada uno de nosotros.

Una responsabilidad pero también una necesidad. De su correcta protección dependen en gran medida muchos aspectos de nuestra vida cotidiana, de nuestro bienestar. Pongamos por ejemplo lo más importante que tenemos: la salud.

Uno de los efectos más beneficiosos de un medio ambiente sano es la mejora de la calidad del aire. La biodiversidad tiene un papel fundamental en lo que se denomina ciclos bioquímicos, entre los que se encuentra la fotosíntesis. Un proceso que no sólo permite la existencia de vida en nuestro planeta sino también mantener un aire más puro y limpio.

Sabemos que una óptima calidad del aire reduce la posibilidad de contraer afecciones respiratorias como asma, bronquitis o alergias, así como enfermedades cardiovasculares. Cuidar la biodiversidad es, por tanto, cuidarnos a nosotros mismos.

Pero los beneficios que nos regala la biodiversidad no quedan aquí. Otro ejemplo es la polinización, un proceso fundamental para la formación de las semillas y frutos de la mayoría de plantas con flor, lo cual incluye casi el 30% de los cultivos del planeta. Es decir, de ella no depende sólo la reproducción de las plantas, sino también gran parte de la alimentación humana, así como una de nuestras actividades económicas fundamentales: la agricultura.

Uno de los agentes naturales que más contribuye a mantener este proceso de polinización son las abejas. De estos organismos tan diminutos dependen 250.000 especies de plantas y el 30% de los cultivos. Pero no sólo de la abeja, sino del hábitat y las demás especies que, en cadena, se relacionan con ella y permiten su supervivencia cerrando el círculo de la biodiversidad.

Por otro lado, también protege nuestros cultivos. Por ejemplo, las parcelas agrícolas próximas a zonas con gran diversidad biológica sufren menos el efecto de las plagas. Esas áreas son frecuentemente el hábitat de predadores como reptiles, insectos y aves que contienen la expansión de las plagas de los cultivos. Por tanto, reducen la necesidad de recurrir a productos químicos, facilitándonos unos productos agrícolas más naturales.

Y aunque siempre es mejor prevenir que curar, la biodiversidad también nos proporciona remedios para curar enfermedades. De hecho, nueve de los diez medicamentos más conocidos, que seguramente están en su casa, proceden de productos vegetales naturales.

Por todas estas razones y muchas más que no pertenecen al campo de la salud, necesitamos proteger la biodiversidad. Aunque en los últimos años se han desarrollado una gran cantidad de iniciativas para conservarla tanto a nivel nacional como europeo, aún queda mucho por hacer.

El primer gran reto que afronta la biodiversidad es que se la conozca, y reconozca. La ciencia sólo ha estudiado 2 de los 15 millones de especies que se estima que existen. El ámbito desconocido supera al conocido. Y de éste último, entre el 12 y el 52% de las especies más estudiadas están en peligro de extinción.

Aquí comienza el nuevo reto: frenar la pérdida acelerada de especies. Aunque la extinción es una constante en la historia biológica de nuestro planeta, la tasa actual es entre 100 y 1.000 veces superior que la producida de manera natural.

Para protegerla y cuidarla no hemos de partir de una visión errónea o sesgada de lo que es la biodiversidad. Hablar de biodiversidad es hablar de especies animales y vegetales, pero también de los genes que las componen y los hábitats que las integran. La protección, por tanto, ha de atender a esta concepción amplia de lo que la biodiversidad significa. Si falta uno de los tres elementos, la conservación será incompleta y actuaremos en balde.

Y para que esto no ocurra, tenemos que acometer el tercer reto: fomentar el desarrollo económico respetuoso con la biodiversidad. El 40% de la economía mundial depende de un medio ambiente sano. Sin ecología no hay economía. Es por ello que debemos estimular las sinergias entre la protección de la biodiversidad y la actividad económica.

Estos retos se hacen aún más importantes en nuestro país. España es el país con la mayor diversidad biológica de Europa, con más de la mitad de todas las especies del continente. Conservar y proteger la biodiversidad es, por tanto, una necesidad, una oportunidad y una cuestión de responsabilidad compartida entre todos con el entorno del que formamos parte. 

Etiquetas: Opinión

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