Desertificación, un riesgo para España

El 75% del territorio español está en peligro de sufrir desertificación y un 20% es prácticamente ya un desierto. Alberto Fernández, responsable de Política de Agua de WWF, analiza cómo el cambio climático amenaza con agravar la aridez del suelo de nuestro país.

desertificación

El sobrepastoreo, la excesiva explotación de los acuíferos, la agricultura intensiva, los suelos pobres en nutrientes, laderas escarpadas y las sequías estacionales, unido a los efectos de los incendios forestales, generan la tormenta perfecta que convierten a España en el país europeo con mayor riesgo de desertificación.

Más de dos terceras partes del territorio se encuentran en zonas susceptibles de sufrir desertificación. Mientras, más de un millón de hectáreas, en su mayoría del sureste peninsular, son ya un desierto. La desertificación es un complejo proceso que provoca la disminución de la biodiversidad, la pérdida de fertilidad del terreno y la alteración de la función de los suelos para captar agua y devolverla a la atmósfera a través de la vegetación. Estos severos impactos merman la capacidad productiva agrícola: el suelo pierde nutrientes y la tierra se vuelve yerma. 

Esta tendencia podría agravarse aún más por los efectos del cambio climático. El aumento de las temperaturas, la disminución de las precipitaciones a nivel global y un incremento de la frecuencia e intensidad de las sequías e inundaciones es probable que disminuyan la extensión y rendimiento productivo de las tierras cultivables. La desertificación plantea grandes retos para la seguridad alimentaria e hídrica, ya que el aumento de temperatura aumenta la demanda de agua por la vegetación y los cultivos, lo que va unido a las menores precipitaciones. Por ello, detener y revertir la degradación de la tierra es uno de los Objetivos del Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas para el año 2030.

Cómo frenar la desertificación en España

Alcanzar este objetivo en España, sin embargo, encuentra obstáculos que ahondan aún más esta amenaza, como el  modelo de gestión del agua que prioriza el regadío. Según los Planes Hidrológicos, este sector supone una demanda del 79% del total del agua que se consume a nivel nacional, y ocupa más de 3.5 millones de hectáreas. El problema es que el riego en las zonas áridas saliniza los suelos.  Para revertir la desertificación, WWF considera necesario promover una gestión sostenible de los recursos hídricos estratégicos, como los acuíferos, que evite la sobreexplotación de las aguas superficiales y subterráneas, y evite el impacto a los ecosistemas dependientes del agua como es el caso de Doñana, uno de los máximos exponentes por su importancia en  la conservación de la biodiversidad europea.

El avance de la agricultura industrializada, impulsada por el modelo desequilibrado a favor de las grandes explotaciones que ha guiado la Política Agraria Común (PAC),  también está degradando y empobreciendo los suelos, ya que está basada en el uso de fertilizantes y agroquímicos y no en la conservación de la capacidad productiva del suelo. Algunas de los aspectos más controvertidos de esta política es que, precisamente, las áreas con aguas más contaminadas por nitratos procedentes de los cultivos y donde más sobreexplotados están los acuíferos son las que mayores ayudas recibencomo demuestra el informe Quién contamina paga, realizado por WWF y Seo/Birdlife. Como resultado, en algunas zonas olivareras de Andalucía se registran una de las tasas de erosión más graves de Europa, y hay áreas agrícolas de la cuenca del Guadalquivir que pierden hasta 47 toneladas de tierra fértil por hectárea y año.  

Devolver la vida a los suelos también requiere incrementar los esfuerzos y la eficacia en la lucha contra los incendios que devoran cada año más de 100,000 hectáreas. Por ello, se ha hecho más necesario que nunca cambiar de estrategia y reducir la vulnerabilidad del paisaje con una mejor gestión forestal y planificación territorial. Un objetivo al que debe acompañar la restauración ecológica de territorios afectados por la desertificación, clave para restablecer las funciones de los ecosistemas a través de la mejora de la capacidad productiva del suelo para la vida de las plantas. 

Por Alberto Fernández, responsable de Política de Agua de WWF España

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