Moda sostenible, moda del siglo XXI

De 2000 a 2015 se ha duplicado el consumo de ropa en todo el mundo. Gema Gómez, fundadora de Slow Fashion Next, analiza cómo podemos comprar moda sostenible, prendas de una forma más justa para todos.

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El mundo siglo XXI es un mundo complejo y nadie sabe cómo va a evolucionar con tantas variantes. Dentro de esta complejidad, la moda, la manera en que la producimos y consumimos, ha pasado desapercibida hasta hace poco. Sin embargo, cuando se mostrado tal y como es, ha saltado a la primera línea de los titulares porque es una de las industrias más contaminantes del planeta. De ahí la importancia de la moda sostenible. 

Moda sostenible, una esperanza para el medio ambiente

Según el informe A New Textiles Economy: Redesigning fashion’s future de la Ellen MacArthur Foundation, del 2000 al 2015 se ha duplicado el consumo de ropa –es decir que hemos pasado de 50.000 millones de prendas anuales en el 2010 a 100.000 millones en el 2015–, y según el informe Timeout for Fast Fashion de Greenpeace estas prendas las usamos la mitad de las veces.
Si hablamos sobre las materias que usamos normalmente, desafortunadamente no mejoran los datos. El poliéster es el tejido más utilizado a nivel global: el 60% de las prendas que usamos provienen de esta materia que es un recurso no renovable y cuyo catalizador es el antimonio. Científicos de la Universidad URV de Barcelona han demostrado que nuestras prendas siguen desprendiendo antimonio durante su uso: nuestra piel es el órgano más grande que tenemos y puede absorber este antimonio con las consiguientes enfermedades que nos pueda causar, especialmente a los niños. Este tejido –tereftalato de polietileno–, es un plástico que, al lavarlo en la lavadora, desprende microplásticos que van a ríos y mares, en los ríos y mares se los comen los peces. Es decir, debido a nuestros vestidos y blusas estamos añadiendo el plástico a nuestra cadena trófica

La deslocalización de la moda, una pérdida de garantías sociales y medioambientales

Igualmente la industria textil, por la deslocalización y lo altamente consumidora de energía que es en sus procesos, es la responsable del 10% de las emisiones de CO2 y el 20% de los residuos tóxicos vertidos a ríos y mares según el Banco Mundial. Lo malo de estas cifras desorbitadas es que no van a bajar, porque si ahora a la moda convencional se denomina fast fashion, las grandes cadenas se están preparando para la ultra fast fashion. Este tipo de modelo pretende ser más rápidos que sí mismo y dar respuesta a los mercados emergentes de manera super eficiente o, como dice Kate Raworth en su libro Economía de la rosquilla: si ahora somos dos mil millones de consumidores, para el 2050 seremos cinco mil millones de consumidores. 

Las grandes cadenas en esta búsqueda de eficiencia, están empezando a producir con robots o sewbots, que cosen las prendas de manera automatizada, con la consiguiente pérdida de empleo: esas prendas que compramos no van a producir los puestos de trabajo que necesitamos para seguir avanzando como sociedad y crear circunstancias favorables para todos, como ya avisa la Organización Internacional del Trabajo (ILO). Después de haber estado aprovechándose de las legislaciones laxas –tanto sociales como medioambientales–, de los países donde se deslocalizó la industria textil, ahora se van de ellos sin ningún tipo de pudor.

La moda rápida y el greenwashing

Las grandes cadenas nos engañan diciéndonos que tienen líneas sostenibles dentro de sus modelos de negocio devastadores de recursos y explotadores de trabajadoras, que conforman el 85% de trabajadoras de este sector. La ropa que compramos solo puede ser moda sostenible cuando el modelo de negocio que la ha creado es sostenible en sí mismo. No puede ser sostenible tener un 5% de la producción realizado con materias orgánicas o recicladas y tener el resto producido de la misma manera que siempre y pagando salarios legales que no significa que sean salarios dignos, esto es, que permitan a las trabajadoras tener comida, vivienda, transporte, salud y educación. A esta práctica de engañar al consumidor se le denomina lavado de imagen o greenwashing, y en la moda es especialmente importante cuando se sigue buscando aumentar la producción y conseguir más mercados, utilizando recursos tan preciados como el agua que necesitarán las generaciones futuras.

Ser un consumidor responsable significa tener en cuenta esta información para hacer decisiones de compra que fomenten modelos diferentes de producción y consumo, como nos dice el número 12 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible a alcanzar antes del año 2030.

Parte de la solución depende de nuestro armario

Ahora que tenemos esta información, todos y cada uno de nosotros somos responsables de ella, y en nuestras manos está cambiar las cosas. Para hacerlo, lo primero que tenemos que preguntarnos es si realmente necesitamos tanta ropa: nos han inculcado que tenemos que comprar mucho, pero no es cierto, porque nuestros armarios ya están llenos. Saber lo que tenemos en el armario, hacer conjuntos con esa ropa, comprar solo lo que necesitamos, tener un estilo atemporal y comprar ropa de calidad, o practicar el intercambio de ropa o la compra de segunda mano son algunas propuestas a considerar. Cuando, a pesar de todo, decidimos comprar, podemos apoyar el diseño emergente o las pymes y la producción local, como las marcas de Moda Impacto Positivo. En nuestro monedero tenemos el poder de cambiar las cosas, porque en cada acto de compra estamos votando por el mundo que queremos dejar a nuestros hijos e hijas. ¿Apostamos por la moda sostenible? 

Por Gema Gómez, fundadora de Slow Fashion Next.

Etiquetas: Ética