Luchando contra la pobreza. Claves para la equidad en un mundo global

Los índices de pobreza trazan nuevas variables desde que se desencadenó la crisis financiera internacional. La brecha ya no se produce solo entre países desarrollados y países subdesarrollados. En el denominado primer mundo, las desigualdades se acrecientan, el Estado del Bienestar parece resquebrajarse y las ONG que tradicionalmente se dedicaban a la cooperación en países lejanos amplían su campo de batalla para luchar también en casa.

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Cuando se analizan las causas y efectos de la pobreza en el mundo, el primer foco, el más hiriente, es la infancia. ¿Cómo afecta la desigualdad global a los más pequeños? Los datos de Unicef son demoledores: 300 millones de niños se van hambrientos a la cama todos los días y, como consecuencia, el 90% de ellos sufre desnutrición a largo plazo.

Un informe de esta organización insiste en los impactos positivos que tendría una estrategia internacional más ambiciosa dirigida a los problemas estructurales que rodean a la infancia. “Nuestras conclusiones ponen en tela de juicio el pensamiento tradicional de que centrarse en los niños más pobres y más desfavorecidos no resulta rentable”, explica Anthony Lake, director ejecutivo de Unicef. “Una estrategia centrada en la equidad no solo supondrá una victoria moral –acertada en el plano de los principios–, sino una victoria más interesante aún: acertada en la práctica”.

La desigualdad global conlleva, para ciertas capas de la población, una existencia rodeada de privaciones: alrededor de 2.470 millones de personas –el 43% de los ciudadanos de los países en vías de desarrollo– viven con menos de un dólar al día, según los últimos informes del Banco Mundial.

Estos datos revelan los reversos de una realidad que afecta, de una forma u otra, a todos los continentes. ¿A qué nos enfrentamos entonces cuando hablamos de pobreza? ¿Cómo podemos aproximarnos a una definición? “Definir la pobreza es algo complejo, por los múltiples factores que inciden en ella. No es lo mismo la pobreza en los países en desarrollo que en los desarrollados. Cuando hablamos de pobreza en África, no nos referimos a lo mismo que en Europa. La población pobre en Estados Unidos, por ejemplo, tiene un nivel de vida más alto que los pobres de otros países occidentales desarrollados y completamente distinto al de los países en vías de desarrollo”, explica a Tres Sesenta Carl Haub, demógrafo de la Oficina de Referencia Poblacional, una organización sin ánimo de lucro con sede en Washington.

Cuando se habla de lucha contra la pobreza, tendemos a pensar en áreas geográficas desvastadas por este problema. África sería, por tanto, la máxima expresión. Sin embargo, “las relaciones asimétricas en el acceso a los recursos se producen tanto en el ámbito internacional, entre países, como en el nacional, dentro de un mismo país”, matiza Julio Alguacil, profesor de Sociología de la Universidad Carlos III. Este fenómeno se ha visto acrecentado por la crisis financiera. Desde Naciones Unidas, insisten en las consecuencias adversas que tendrán las crecientes bolsas de pobreza de las grandes ciudades.

El Banco Mundial establece distintas perspectivas para abordar la pobreza: en los países pobres apuesta por medirla en términos absolutos –personas que viven con menos de un dólar al día–, mientras que en los países ricos se inclina por la pobreza relativa –es decir, las personas que viven por debajo de unos ingresos considerados estándar en función de cada país–. En la Unión Europea, por ejemplo, el umbral se traspasa cuando los ingresos son inferiores al 60% de la media de la renta por hogar.

Nos enfrentamos por tanto a un problema complejo y sistémico, de orden estructural. ¿Dónde escarbamos para encontrar sus raíces? “La clave del problema son los recursos: no su existencia, sino su distribución. Tiene que ver con una lógica económica (de desbordamiento, como se ha visto en los últimos años) que marca el ritmo de un mercado que es incuestionable; parece que todo se acomoda a las leyes de la economía. Así que no es un problema de escasez de recursos, sino de distribución de los mismos”, sostiene Francisco Lorenzo, coordinador del equipo de Estudios y Desarrollo Social de Cáritas.

Oportunidades

La creación de oportunidades es un factor clave en el que coinciden los expertos. Gabriela Jorquera, coordinadora de la Red Española de Lucha contra la Pobreza, defiende un análisis poliédrico, que aborde distintas dimensiones, “desde cuáles son las oportunidades que una sociedad ofrece para que buena parte de su población pueda acceder a esa serie de bienes y servicios básicos, hasta asuntos de educación, porque cuanto más educada está una persona, más posibilidades tiene de generar ingresos y estar fuera de una situación de pobreza”.

Los niveles de desigualdad implican que una gran parte de la población no va a tener acceso a una educación cualificada. La consecuencia es que esas personas no se van a beneficiar del crecimiento económico. Es de esperar que sociedades muy desiguales tengan altos niveles de pobreza”, mantiene Jorquera. Pobreza y desigualdad no son sinónimos, pero están claramente relacionados, afirma Aina Tarabini, de la Universidad Autónoma de Barcelona. “Por ejemplo, puede darse un país altamente pobre pero con poca desigualdad interna (como muchos países de África) o en cambio un país que no sea pobre pero que concentre mucha desigualdad interna (Brasil es uno de los casos paradigmáticos)”.

La ecuación entre pobreza y desigualdad conduciría de nuevo, según esta académica, a las oportunidades. “Si distribuyes riqueza de manera igualitaria también estás distribuyendo oportunidades. Y en la medida en que una sociedad tenga repartidas oportunidades de manera más homogénea, mayores serán sus posibilidades de generar riqueza para todos”.

En el imaginario colectivo, la pobreza aparece como un problema que siempre ha existido y siempre va a existir. En cierto modo, nos encontraríamos ante un lugar común que obstaculiza la movilización ciudadana. “Pero la desigualdad no es un factor inalterable; las políticas públicas inciden claramente a la hora de reducir o aumentar esa brecha. Una mayor equidad se traduce en justicia, pero también en más estabilidad social y en una mayor capacidad de desarrollo económico”, señala Marta Arias, directora de Sensibilización de Unicef España.

La desigualdad crea inestabilidad social y debilita a las instituciones gubernamentales al mismo tiempo que bloquea la innovación e impide la inversión productiva. Estos costes sociales quedan reflejados en los trabajos de campo de la ONG Intermón Oxfam, en los que se analiza la interacción entre pobreza y desigualdad. “En Uganda, entre 2000 y 2003, el PIB creció a un 2,5% al año, pero, debido al empeoramiento de la desigualdad, la pobreza aumentó en un 3,8%”.

De acuerdo con las cifras recogidas en el informe de Oxfam ¿Olvidados por el G-20?, desde 1990 la desigualdad ha aumentado en 14 países del G-20, es decir, el crecimiento económico no siempre ha revertido en las capas de población más pobres. “Durante los noventa y a comienzos de este siglo, mientras los servicios financieros prometían innumerables riquezas para todos, hablar de desigualdad resultaba inverosímil. Ahora, desde el comienzo de la crisis crediticia y la llegada de la austeridad a los gobiernos occidentales, la desigualdad vuelve a estar en el centro del debate”, afirma Ian Sullivan, miembro de Oxfam Gran Bretaña.

Pobreza y desigualdad en España

Las palabras de este activista británico son perfectamente aplicables a España. La diferencia entre los ingresos medios del 20% de población más rica y el 20% más pobre pasaron del 5,3 en 2007 al 6,9 en 2010. Así, España se ha convertido en el cuarto país del entorno de la UE donde más han crecido las desigualdades internas, según los datos de la Agencia Europea de Estadística (Eurostat).

Por su parte, el informe Exclusión y Desarrollo Social 2012, de Cáritas, señala que hay más de 11,5 millones de españoles en riesgo de pobreza o exclusión social, mientras que el 22% de hogares españoles ya están por debajo del umbral de la pobreza.

“Antes nos podíamos esconder tras los altos índices del PIB o las elevadas tasas de generación de empleo, las cosas iban bien y no mirábamos aquello que ahora nos alarma. Durante una época crecimos mucho en empleo, pero resultó ser precario y fácil de destruir, y el problema es que muchos hogares dependían de esos puestos de trabajo y hoy la tasa de paro ronda el 23%”, señala Francisco Lorenzo, de Cáritas.

En España, un 14,4% de los trabajadores son pobres. “Son gente que cumple con sus obligaciones laborales y no tiene garantizados unos mínimos para la subsistencia. Fundamentalmente, se debe a la cantidad de empleos precarios que había en España y que han desaparecido tan rápido durante la crisis”.

El empobrecimiento de las sociedades desarrolladas y el aumento de las desigualdades han sido más fuertes en aquellos países donde las políticas sociales eran más frágiles. En España, un total de 580.000 hogares no reciben ingresos ni del trabajo ni de prestaciones por desempleo o de la Seguridad Social.

El laberinto global

En un mundo global, cuando se analizan las posibles soluciones frente a la pobreza, el camino que conduce a la respuesta se presenta como un laberinto construido a una altura que produce, cuanto menos, una irreversible sensación de vértigo. Unicef aboga por una estrategia a largo plazo de inversión en servicios básicos. “Se piensa a menudo que primero hace falta un mínimo desarrollo económico y de ahí vendrá la inversión social, pero nuestra experiencia es la contraria. El acceso a estos servicios no solo es un derecho esencial, sino que constituye un motor fundamental para el desarrollo”.

Desde la Red Española de Lucha contra la Pobreza, defienden políticas de inclusión coordinadas e integradas por todos. “Aumentar la inversión social es la clave para reducir la pobreza. El gasto social tiene tasas de retorno y, dentro de este, la educación tiene una de las tasas de retorno más elevadas”, subrayan.

La educación como factor clave en la lucha contra la pobreza es el punto en el que todas los organizaciones consultadas confluyen. Un líder clásico en la defensa de los más desprotegidos, Nelson Mandela, describió la educación como “el gran motor del desarrollo personal”. “La educación salva vidas: se ha probado que por cada año adicional de escolarización primaria de una madre, la probabilidad de muerte infantil de sus hijos se reduce un 8%. La educación también genera crecimiento económico: en África Subsahariana y Asia se incrementa un 8% la producción de los campesinos que completaron la educación primaria. Y, por supuesto, la educación mejora los índices de equidad social, sobre todo reduciendo la desigualdad de la mujer”, subrayan desde Intermón Oxfam.

La profesora Tarabini plantea el concepto de educabilidad, es decir, la necesidad de “establecer las condiciones para que se pueda aprovechar la inversión educativa”. “Si garantizamos que un niño pobre vaya a la escuela, pero no garantizamos que en esta realmente pueda aprender o que estos aprendizajes puedan ser aplicados en un trabajo futuro, la educación nunca conseguirá los fines que se le atribuyen”.

¿Objetivos cumplidos?

A principios del siglo XXI, la mayoría de los países del mundo suscribieron la Declaración del Milenio en 2000 y marcaron los famosos Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM): una serie de compromisos que incorporaban en la agenda internacional medidas destinadas a combatir los problemas de alimentación, igualdad de las mujeres y niñas, educación, salud, agua, higiene y medioambiente. Desde entonces, se han registrado progresos positivos, aunque desiguales según países y objetivos. Según el informe de 2011, el primero de los objetivos –erradicar la pobreza extrema y el hambre, reduciendo a la mitad el número de personas que viven bajo el límite de la pobreza– se ha reducido antes de la fecha. Las cifras siguen siendo escalofriantes, 10 millones de personas mueren cada año de hambre y mil millones aún viven en la pobreza extrema, pero la tasa de pobreza general ha descendido en 920 millones de personas, es decir, la mitad que en 1990.

La meta de reducir la pobreza extrema a la mitad se logró cinco años antes del plazo fijado de 2015 y, por primera vez, se está empezando a reducir en todas las regiones del mundo, aunque muy lentamente en África. “Se ha logrado también reducir a la mitad el porcentaje de personas que carecen de fuentes adecuadas de agua potable, la matriculación de niñas en la enseñanza primaria ha igualado a la de los niños y se ha visto un avance acelerado en la reducción de la mortalidad materna y de los niños menores de 5 años. Las muertes por tuberculosis se han reducido en un 50% y las muertes por malaria en un 25%”, resume Marta Arias.

“Se han producido avances significativos en el aumento de la esperanza de vida y en el descenso de la mortalidad infantil”, concluye Carl Haub, de la Oficina de Referencia Poblacional.

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