Ciudades saludables: verdes y caminables

Las ciudades saludables favorecen la actividad física y ayudan a luchar contra el sedentarismo, cuarto factor de riesgo de mortalidad a nivel global. Caminar, ya sea por ocio o como forma de transporte, es la forma más universalmente accesible de acumular actividad física. Sin embargo, para promocionar esta actividad es necesario potenciar ciertas características del entorno urbano, como reverdecerlo para que sea más apetecible recorrerlo.

ciudades saludables

Los cambios en la sociedad a lo largo de las últimas décadas han reducido de forma importante el nivel de actividad física diaria de la mayoría de los ciudadanos. Actualmente existe una falta importante de actividad física a nivel mundial, especialmente en relación con el aumento del contenido calórico de la dieta (Guthold, Stevens, Riley, & Bull, 2018; Hallal et al., 2012), lo que ha situado el sedentarismo como uno de los principales factores de riesgo de la mortalidad a nivel mundial (Forouzanfar et al., 2015). Se estima que la inactividad física está detrás del 6% de la carga de enfermedad por enfermedad coronaria, el 7% de la diabetes tipo 2 y el 9% de la mortalidad prematura (Lee et al., 2012).

Ciudades saludables que benefician la actividad física

Los beneficios de la actividad física en términos de salud están bien cuantificados e incluyen menores riesgos de enfermedad cardiovascular, hipertensión, diabetes, cáncer de colon y pecho, diabetes tipo 2 y osteoporosis(Fong et al., 2012; Warburton, Charlesworth, Ivey, Nettlefold, & Bredin, 2010). Se considera que las personas físicamente activas duermen mejor, se sienten mejor y funcionan mejor. Un aumento en los niveles de ejercicio físico moderado–vigoroso está asociado con un menor riesgo de sobrepeso tanto para la población general como para las mujeres embarazadas (2018 Physical activity guidelines advisory committee report, 2018).

La evidencia de los beneficios del ejercicio físico se extiende a lo largo de la vida desde los 3 años de edad, momento en que el ejercicio ya se relaciona con una mayor masa ósea y mejor peso corporal. La reducción de la mortalidad por todas las causas vinculada al ejercicio físico llega a ser del 31% cuando se compara el grupo más activo con el menos activo (Warburton et al., 2010).

Los beneficios de la actividad física también se prolongan al campo de la salud mental. Un aumento en los niveles de ejercicio físico moderado–vigoroso está asociado con una reducción de la ansiedad y la depresión, así como con mejores condiciones de sueño (Biddle & Asare, 2011). Después de episodios de ejercicio físico mejora el rendimiento cognitivo por breves periodos de tiempo y el ejercicio también mejora el rendimiento escolar, la capacidad de memoria y la velocidad de procesamiento (2018 Physical activity guidelines advisory committee report, 2018). Vankim y Nelson (2013) demostraron que los y las estudiantes que alcanzaban las recomendaciones de actividad física eran menos proclives a declarar problemas de salud mental.

La evidencia demuestra que caminar por entornos naturales es más beneficioso que andar por espacios interiores (Mennis, Mason, & Ambrus, 2018), y que el contexto social en el que se practica esta actividad —solo, con amigos, en grupo— también puede tener una influencia en los resultados de salud mental (Kelly et al., 2018). Asimismo, mientras que para los jóvenes existe una importante diferencia en los impactos sobre la salud mental entre andar a baja velocidad y andar rápido o correr, estas diferencias tienden a difuminarse a medida que la edad avanza (Stamatakis et al., 2018).

Barrios caminables, barrios y ciudades saludables

Caminar es la forma más popular y asequible de ganar actividad física (Frederick, Watson, Harris, Carlson, & Fulton, 2014). Ya sea como forma de transporte o como forma de ocio, la decisión de caminar o no caminar se realiza en un contexto espacial —el barrio— con unas características de densidad, diseño y diversidad específicas. Estas características morfológicas del barrio tienen un importante efecto sobre la decisión final de realizar un desplazamiento andando o en algún otro modo de transporte, o sobre si se sale a dar un paseo o no. Así, las características del entorno tienen la capacidad de facilitar o restringir el caminar, y con ello la actividad física de la población (Barnett, Barnett, Nathan, Van Cauwenberg, & Cerin, 2017; Sallis, Floyd, Rodríguez, & Saelens, 2012; Smith et al., 2017).

Entender la importancia del entorno es trascendental porque intentar motivar a una persona a ser más físicamente activa en un entorno que dificulta el caminar o el transporte activo, es altamente inefectivo. Cambiar el entorno, rehabilitarlo, y hacerlo más propicio a la actividad física, en cambio, tiene efectos a largo plazo y a nivel poblacional mucho mayores (Sallis et al., 2012).

Existe ya un consenso en la literatura acerca de que vivir en entornos caminables aumenta la frecuencia de uso de los modos activos y con ello los niveles globales de actividad física. Recientemente se está explorando también el rol beneficioso que tiene no solo el entorno en el que vivimos, sino también el entorno donde trabajamos y por el que nos movemos durante el día (Howell, Farber, Widener, & Booth, 2017; Marquet et al., 2019; Marquet & Hipp, 2019).

Potenciar los entornos verdes para potenciar la actividad física

El contacto con la naturaleza no solo es positivo en términos de salud física y mental sino que actúa como mediador también para aumentar los niveles de actividad física (Dadvand et al., 2016). Vivir cerca de áreas verdes se asocia con un mayor número de minutos invertidos en andar y en correr como forma de ocio (McMorris, Villeneuve, Su, & Jerrett, 2015). Esta relación es especialmente fuerte entre los niños y la población joven, por la importancia de los parques y espacios recreacionales infantiles (Baran et al., 2014; Cohen et al., 2014). El rol de los espacios verdes como activadores de la población tiende a disminuir a medida que la edad aumenta, aunque se mantiene relevante hasta edades avanzadas (McMorris et al., 2015).

En lo que se refiere a actividad física derivada del transporte, se considera que el verde urbano contribuye a hacer más agradables los desplazamientos en modos activos, proporcionando sombra, y potenciando el atractivo del entorno, lo que a su vez también invita a pasar más tiempo en el espacio público (Vich, Marquet, & Miralles-Guasch, 2018, 2019). Sin embargo, la presencia de grandes parques o superficies verdes puede aumentar las distancias entre destinos y desincentivar el uso del andar o la bicicleta como modos cotidianos (Marquet et al., 2019).

Puede darse la circunstancia de que la presencia de un parque sea a la vez beneficiosa para la actividad física derivada del ocio y perjudicial porque inhibe el uso del andar cotidiano y, por tanto, reduce la actividad física derivada del transporte. Aun así, y dados los muchos otros aspectos positivos que aporta el verde urbano, se considera que es importante aumentar la presencia de áreas verdes y parques en la ciudad (James, Banay, Hart, & Laden, 2015).

Las características de los espacios verdes que más se asocian con un aumento de la actividad física son la calidad, la seguridad y la presencia de elementos de juego y deportes por parte de los más jóvenes (Marquet, Hipp, et al., 2019; van Dillen, de Vries, Groenewegen, & Spreeuwenberg, 2012). Estudios recientes también han demostrado que los elementos verdes como los árboles a pie de calle contribuyen también a hacer más placentero el viaje en modos activos, promocionando el andar y el uso de la bicicleta (Vich et al., 2018). Los peatones prefieren las calles arboladas, que proporcionan sombra y sentido estético a la experiencia de caminar por la ciudad (Vich et al., 2019). Los espacios verdes en la ciudad tienen pues la doble función de representar un espacio propicio para el ocio, el juego y la actividad física en el rol tradicional de los parques urbanos, pero también tienen la función de hacer de la calle un espacio más amable y habitable para los modos de transporte activos.

Caminar como forma de ocio

En lo concerniente al ejercicio físico derivado del caminar como forma de ocio, las investigaciones disponibles apuntan a que la calidad de los destinos y el entorno son más importantes que la cantidad y la distancia (Kaczynski et al., 2014; Sugiyama, Francis, Middleton, Owen, & Giles-Corti, 2010). En este aspecto, la disponibilidad y la calidad de las áreas verdes y parques urbanos también juegan un papel importante en fomentar las actividades de ocio que incluyen el ejercicio físico (Coombes, Jones, & Hillsdon, 2010).

En estudios cualitativos, la distancia a destinos cotidianos aparece como condicionante del andar por delante de otros factores, como el tiempo atmosférico, la orografía del terreno o la seguridad en la calle (Southworth, 2005). Los estudios de Koh y Wong (2013) han demostrado que las distancias de menos de 650 metros son consideradas como cómodamente caminables.

Al analizar el andar como forma de transporte en la ciudad, debemos tener en cuenta, además, no solo las distancias físicas sino también las percibidas. En este sentido la urbanización dispersa diseñada desde el punto de vista del automóvil no solo implica mayores distancias sino también entornos con menos detalles y con menos inputs visuales, cosa que convierte la experiencia de andar también menos atractiva (Gehl, 2010, p. 51). Por ello, la mayoría de estudios coinciden en remarcar que la urbanización compacta diseñada a partir de las necesidades del peatón fomenta la actividad física en mayor medida que los entornos diseñados en base a la distancia y el automóvil (Næss, 2013).

La proximidad al transporte público es también un factor que contribuye a la actividad física. En entornos donde la población puede escoger en qué modo de transporte realizar sus desplazamientos con posibilidad de escoger entre andar, ir en bicicleta o en transporte público en lugar del coche, los niveles de actividad física derivada del transporte son mayores (Flint, Cummins, & Sacker, 2014). Ir en transporte público es más beneficioso que ir en coche, a pesar de tratarse ambos de modos motorizados (Lachapelle & Pinto, 2016; Lachapelle & Noland, 2012). El trayecto en transporte público no es puerta a puerta y en la mayoría de los casos requiere de un corto desplazamiento al inicio y al final para acceder a la parada o al destino final (Nobis, 2010).

Andar e ir en bicicleta son las formas más asequibles de actividad física, ya que están al alcance de toda la población, no requieren de una inversión monetaria y son fácilmente integrables en la vida cotidiana. Crear entornos caminables que incentiven el ejercicio físico desde el planeamiento y la forma urbana proporciona oportunidades para extender estos comportamientos saludables a toda la población.

Referencias

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Oriol Marquet es geógrafo e investigador postdoctoral en el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal).

 

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