70 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos

Los 30 artículos firmados por la ONU en la Declaración Universal de los Derechos Humanos han evitado muchas injusticias, pero deben adaptarse a nuevos desafíos como el cambio climático o la situación de los refugiados.

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Son una treintena de artículos, pero se resumen en una sola idea, tan simple como radical el día que se redactaron: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos». El pasado mes de diciembre, la Declaración Universal de los Derechos Humanos cumplía 70 años. Siete décadas con muchas luces y algunas sombras, que podrían haber sido más si aquel 10 de diciembre de 1948, Naciones Unidas no hubiera puesto negro sobre blanco estos artículos esenciales con la esperanza de crear un mundo mejor después de los horrores de la guerra.

Aunque hoy los damos por sentados, no hace tanto tiempo de aquello. Y fue la primera vez, en toda la historia de la humanidad, que los países acordaron al unísono proteger los derechos y libertades fundamentales, a escala mundial, para todas las personas –amén del primer gran logro de la ONU, que justificó así su propia existencia tras nacer de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial–.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, una herramienta indispensable para las libertades económicas, sociales y culturales 

Aunque la declaración no conllevaba obligaciones legales, sí enfatizaba la supremacía de los derechos individuales sobre los de los Estados, y situaba las libertades económicas, sociales y culturales al mismo nivel que los derechos civiles y políticos. Los derechos humanos, por primera vez, no eran un asunto interno de cada país. La pretensión de Hitler había sido evitar a toda costa la injerencia extranjera en sus políticas, y aquello no podía volver a repetirse. A partir de ahí, los derechos humanos serían un tema universal.

Por desgracia, en este tiempo se ha demostrado que la declaración no ha podido evitar las violaciones de todos los derechos que defiende. O al menos, no en todas las partes del mundo. Su concepto de universal ha sido criticado a menudo, precisamente, por los países que más los transgreden, debido a su hermetismo ideológico, cultural y religioso, como los que aplican la ley islámica de la Sharia. Pero países occidentales, supuestamente avanzados en materia de derechos, también están fallando al espíritu de la declaración: hoy por hoy, Europa aún no ha definido una política unitaria y eficaz para resolver el problema de los refugiados

Nuevo mundo, nuevos desafíos

Setenta años después de su adopción, muchos sectores de la sociedad demandan que la declaración sea actualizada en un mundo, hoy, muy diferente al de entonces, que se enfrenta a nuevos retos que antes ni imaginábamos. Debería tener en cuenta desafíos como el cambio climático, la migración masiva y los planteamientos éticos y morales que provocan las nuevas tecnologías, tal y como reclamó a la ONU el presidente de la Liga de Derechos Humanos, Malik Salemkour, así como abordar con más concreción las situaciones en las que algunos objetivos clave están aún lejos de alcanzarse, como por ejemplo, la igualdad de género y la abolición de la pena de muerte.

Con todo, la Declaración Universal de los Derechos Humanos ha dejado un legado sin el cual la libertad y la dignidad de las personas estaría mucho más desprotegida a día de hoy. Ha inspirado todos los tratados que han finalizado guerras posteriores, y es el fundamento del derecho internacional. Las convenciones mundiales contra la discriminación de las mujeres en 1979, contra la tortura en 1984 y por los derechos de los niños en 1990, así como la creación de la Corte Penal Internacional en 1998, son descendientes directos de aquella declaración. Lo mismo puede decirse de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), ya que sin dignidad humana, no podrían impulsarse. El acceso universal a agua potable y alimentos (ODS 6, ODS 2), la salud (ODS 3) o la oportunidad de vivir en paz (ODS 16), son derechos humanos universales.

Aquella declaración no debería verse como un cuerpo hermético, sino capaz de evolucionar para adaptarse a las nuevas circunstancias del mundo actual. Porque el espíritu con el que se redactó permanece: el de seguir trabajando por la igualdad de las personas, en derechos y en oportunidades. Miguel Unamuno y otros intelectuales de su época ya habían fundado una organización defensa de los derechos humanos a principios del siglo pasado, aunque su repercusión no pasara de nuestras fronteras. Pero hay una frase del genial escritor que podría aplicarse perfectamente, hoy, en todos los rincones del mundo: «Lo que el autoritarismo odia, por encima de todas las cosas, es a las personas inteligentes».

Por Luis Meyer

Etiquetas: Ética

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