Objetivos de desarrollo sostenible. Revolución y marcha atrás

Recién aprobados los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), y tras el logro parcial de los Objetivos de Desarrollo del Mileno (ODM), sus predecesores, diferentes instituciones y organizaciones han lanzado sus previsiones sobre las posibilidades de cumplimiento y cómo conseguirlo. El panorama está complicado, en especial si no se asume una auténtica revolución e incluso se revierten completamente las tendencias actuales para afrontar desafíos como la desigualdad social, el aumento de barrios marginales, la incidencia del cambio climático, la acumulación de residuos y la desprotección de los mares y océanos.

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El Overseas Development Institute (ODI), laboratorio de ideas orientado al desarrollo sostenible en su más amplia acepción (social, ambiental y económica), ha sido una de las primeras instituciones en exponer en qué situación de partida y de llegada nos encontramos para cumplir con los 17 ODS y sus 169 metas, también conocidos como Agenda 2030. Para afrontarlos, propone como receta reformas en algunos casos y revolución e incluso marcha atrás completa de las políticas actuales. La principal conclusión de su informe, Proyectando el progreso: Alcanzar los ODS en 2030, es contundente: “Si no se realiza un mayor esfuerzo no se alcanzará ninguno de los objetivos y metas examinados”.

La conclusión puede encerrar su trampa, ya que el ODI solo ha analizado una meta por objetivo, la más significativa de cada uno; pero también es evidente que sin alcanzar esa meta tan crucial no se cumplirá el objetivo al que pertenece. Desde Manos Unidas, una ONG que participó activamente durante la movilización social que acompañó del 25 al 27 de septiembre a la Cumbre de Nueva York de la ONU que aprobó la Agenda 2030, advierten dónde está uno de los talones de Aquiles de esta: “Persiste un modelo de desarrollo basado en el crecimiento económico como pilar fundamental, sometiendo a la dimensión económica la social y la ecológica, lo que es contrario al desarrollo sostenible”.

Quizá por este motivo el informe del ODI pronostique que una de la metas más fáciles de alcanzar (ODS 8) –eso sí, aplicando algunas reformas– sea la de “mantener el crecimiento económico per cápita de conformidad con las circunstancias nacionales y, en particular, un crecimiento del producto interno bruto de al menos el 7% anual en los países menos desarrollados”. Con reformas también se alcanzará la segunda meta del ODS 15, detener la deforestación; y la primera del ODS 1, “erradicar la pobreza extrema para todas las personas en el mundo, actualmente medida por un ingreso por persona inferior a 1,25 dólares al día”.

Esta última será posiblemente una de las más fáciles, y obligadas, de lograr, ya que parte con la ventaja de ser el objetivo mejor cumplido de los anteriores ODM. Entre 1990 y 2015 la pobreza extrema se ha reducido en más de la mitad, de 1.900 a 836 millones de personas. La extensión de la enseñanza primaria universal, principalmente entre las niñas, la reducción de la mortalidad infantil y el acceso a tratamientos para combatir el sida también figuran como los objetivos de la agenda anterior mejor cumplidos en el balance que presentó la ONU en Nueva York.

Sin embargo, sin restar importancia a estos logros y a la intención de alcanzar los nuevos, desde la sociedad civil se exige un mayor cuestionamiento del actual modelo de desarrollo; de ahí que en Nueva York se promoviera la etiqueta #ImperativeToChange en las redes sociales para apoyar un manifiesto que recordaba que “responder a las crisis nos demanda reconocer y abordar las limitaciones, las brechas y las inconsistencias de los ODS”.

Soledad Suárez, presidenta de Manos Unidas en España, además de activistas reconocidos como Susan George, Bill McKibben (350.org), Kumi Naidoo (director ejecutivo de Greenpeace Internacional) y medio centenar más de personas vinculadas a ONG, instituciones públicas e incluso gobiernos, firman un documento en el que recalcan que “los ODS no superan las contradicciones del sistema actual: buscan la harmonía con la naturaleza al mismo tiempo que priorizan el crecimiento sostenido de todas las naciones”.

El manifiesto, que se inspira en buena parte en la encíclica Laudato si del papa Francisco y su llamada a la “conversión ecológica”, incide en la necesaria integración ambiental, social y económica de los objetivos. Según están planteados, consideran que “implican una competencia constante por los recursos naturales limitados y, por consiguiente, aumentan las emisiones de gases de efecto invernadero; y no confrontan las reglas injustas del sistema financiero, de impuestos, de comercio y de inversión a nivel global, paso esencial para hacer realidad la transformación estructural que necesitamos para abordar las causas fundamentales de la pobreza y la desigualdad”. “¡Necesitamos ser más ambiciosos en estas áreas críticas para una transformación real de nuestro mundo!”, concluyen.

Desde la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid) resaltan precisamente la ambición de los ODS, “porque tratan de dar solución a los mayores problemas de la población internacional con un fin claro, la erradicación de la pobreza, cuando los ODM simplemente hablaban de mitigación”. La Aecid añade que “incluyen un fuerte componente medioambiental, con hasta seis objetivos relacionados, que plantea el cuidado del planeta como límite para el desarrollo y la prosperidad económica”. Manos Unidas valora también esa mayor ambición, cuantitativa y cualitativa, con respecto a los ODM, y que “por primera vez confluyen desarrollo y medio ambiente, entendiendo que pobreza y sostenibilidad van necesariamente unidas”.

En el trabajo del Overseas Development Institute destacan precisamente, en lo negativo, las metas más vinculadas a la conservación y protección de los recursos naturales. Consideran que se debe revertir completamente la tendencia actual para “disminuir de manera sustancial la generación de desechos mediante políticas de prevención, reducción, reciclaje y reutilización” (meta 5 del ODS 12); “incorporar medidas relativas al cambio climático en las políticas, estrategias y planes nacionales” (meta 2 del ODS 13); y “gestionar y proteger de manera sostenible los ecosistemas marinos y costeros con miras a evitar efectos nocivos importantes” (meta 2 del ODS 14).

Un objetivo que también tiene un fuerte componente ambiental es el 11: lograr ciudades y comunidades más sostenibles, inclusivas y seguras. En este caso hay que hacer todo lo contrario de lo que se ha hecho hasta ahora si se quiere alcanzar su meta 1: “asegurar el acceso de todas las personas a viviendas y servicios básicos adecuados, seguros y asequibles y mejorar los barrios marginales”. Y lo mismo ocurre con uno de los objetivos (ODS 10) que ha quedado especialmente tocado por la actual crisis, la desigualdad social, y su primera meta: “lograr progresivamente y mantener el crecimiento de los ingresos del 40% más pobre de la población a una tasa superior a la media nacional”.

“Para reducir la pobreza, algunas formas de desigualdad son más importantes que otras, como la desigualdad en la distribución de bienes, en especial la tierra, el capital humano y el financiero y el acceso a bienes públicos, como la infraestructura rural”, afirman Vani S. Kulkarni, del Departamento de Sociología de la Universidad de Pensilvania, y Raghav Gaiha, del programa global de envejecimiento de la Facultad de Salud Pública de Harvard, en un artículo sobre la aplicación de los ODS publicado en el portal de IPSNoticas.

En España, dos ONG con implantación internacional, Unicef y Oxfam Intermon, no han sido menos críticas y exigentes con el papel que debe jugar nuestro país. La exigencia procede por el mal punto de partida que presentamos: “La recesión económica y las medidas adoptadas para hacerle frente han castigado duramente a la sociedad española, siendo una de las manifestaciones más agudas el incremento de la pobreza y de la vulnerabilidad, que en 2014 afectaba a un 29,2% de la población española y a un 35% de los menores de 18 años”.

Sin salir de la desigualdad y del ODS 10, un informe de ambas ONG recuerda que “en España, desde la llegada de la crisis la desigualdad ha aumentado como resultado, sobre todo, de la masiva pérdida de empleo”, por lo que piden llegar a 2030 con un equilibrio entre los ingresos del 10% más rico de la población y el 40% más pobre. ¿Cómo? Con la siguiente medida: “Aumentar la presión fiscal efectiva de las rentas más altas y de las grandes empresas, reformar el impuesto de sociedades, legislar contra la evasión fiscal y garantizar un salario digno y la reducción de las diferencias salariales”.

Desde la Aecid defienden que “la erradicación de la pobreza, la disminución de las desigualdades, la sostenibilidad en todas sus dimensiones y un enfoque integrado de derechos humanos y de género son las prioridades españolas y han constituido las líneas rojas que España ha defendido en las negociaciones para llevar adelante este acuerdo histórico y necesario, cuyo fin último es velar por el bienestar de la población mundial en un planeta sano y sostenible”.

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