Así afecta a tu cuerpo la mala calidad del aire

Debido a la calidad del aire, según la OMS, nueve de cada diez personas respiran a diario aire contaminado. Coger aire se convierte, en muchas ciudades, en una actividad de riesgo: la polución atmosférica está relacionada con enfermedades como el cáncer de pulmón, el asma, la arteriosclerosis o la demencia.

Desde la primera bocanada de aire que tomamos al ver la luz del mundo hasta el último aliento que nos escapa de los labios, respirar es uno de los pocos gestos que nos acompañan invariablemente durante toda nuestra existencia, por lo que la calidad del aire nos afecta en todo momento. A lo largo del día –aunque, como es lógico, la cifra oscila según cada persona y sus circunstancias–, lo repetimos unas treinta mil veces, en un acto involuntario que permite a nuestros pulmones filtrar entre 7.000 y 8.500 litros de aire en una sola jornada. Pero con cada inspiración no solamente se le da al cuerpo el oxígeno que necesita para funcionar: millones de partículas nocivas que flotan en el ambiente también acaban en nuestro organismo. De hecho, según las cifras manejadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), nueve de cada diez personas respiran aire contaminado, algo que causa la muerte prematura de más de siete millones de personas cada año por enfermedades directamente relacionadas con ello. Solo en nuestro país, el informe El aire que respiras: la contaminación atmosférica en las ciudades, elaborado por Observatorio DKV de Salud y Medio Ambiente y Ecodes, recoge que este tipo de contaminación ha provocado la muerte prematura de más de 93.000 personas en la última década.

Patologías que se desarrollan por la mala calidad del aire

Hace unos años, el organismo internacional de Naciones Unidas asoció más de un centenar de enfermedades a factores relacionados con la insalubridad del ambiente –mala calidad del aire, pero también del agua y del suelo, la exposición prolongada a productos químicos, radiación o efectos del cambio climático–. Entre ellos, destacaba el impacto que la contaminación tiene en el incremento de enfermedades respiratorias como el asma o el EPOC, así como de patologías de diversos tipos, como la arteriosclerosis, la hiperactividad o la demencia.

En el campo de la salud mental, por ejemplo, también se ha vinculado la contaminación atmosférica a problemas psicológicos entre los más jóvenes –por ejemplo, según las conclusiones del estudio Relación entre la exposición a la contaminación del aire y las experiencias psicóticas durante la adolescencia, los adolescentes que crecen respirando aire contaminado tienen un 70% más de posibilidades de sufrir paranoia y otros trastornos–. La polución afecta al desarrollo de los niños incluso antes de venir al mundo: diversos estudios, recogidos por la propia OMS, reconocen que puede provocar nacimientos prematuros, bajada de peso en los bebés o problemas en el correcto desarrollo neurológico del feto.

Sin embargo, el cáncer es una de las patologías donde más estudios evidencian la relación entre la mala calidad del aire y el desarrollo de tumores en pulmón, riñón, vejiga o colon. En el caso del cáncer de pulmón, la relación es especialmente estrecha y, ya en el año 2013, la Agencia Internacional para la Investigación contra el Cáncer (IARC) incluyó el aire contaminado como agente cancerígeno para los humanos. Se estima que el 29% de ellos están relacionados con la polución, fundamentalmente procedentes de las partículas nocivas que flotan en el aire debido a la quema de los combustibles fósiles de la industria o el transporte.

Las grandes ciudades –que, en 2050, se estima que aglutinarán a más del 75% de la población mundial– son los principales núcleos que concentran el aire de peor calidad. Por eso, también muchas de ellas han comenzado a actuar para reducir la contaminación: apostar por el transporte público, promover la circulación de vehículos eléctricos o no contaminantes, establecer zonas de bajas emisiones, restringir el tráfico o peatonalizar algunas de las calles céntricas son algunas de las medidas que llevan años tomándose en urbes como Copenhague o Estocolmo. Sin embargo, hoy también podemos encontrar ejemplos de ello sin salir de nuestras fronteras: Pontevedra, Vitoria-Gasteiz, Sevilla o Madrid ya han comenzado su transformación para hacer de su aire un elemento más respirable para sus habitantes.

Por ETHIC

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