De la peste al coronavirus: historia de la cuarentena

A pesar de los avances científicos y médicos de los últimos siglos, el aislamiento social sigue siendo una medida efectiva para reducir el número de contagios de enfermedades como el COVID-19.

cuarentena

Estados Unidos. Argentina. España. Italia. Y, antes, la ciudad china de Wuhan. En pleno siglo XXI acudimos a las redes sociales para quejarnos del confinamiento al que el coronavirus está imponiendo en medio mundo. También acudimos a ellas para demostrar con fotos y vídeos lo que hacemos durante el encierro. Algunos, se llevan las manos a la cabeza porque, a pesar de todos los avances tecnológicos y médicos, tenemos que seguir recurriendo al confinamiento para evitar la expansión del COVID-19 y se nos olvida que, echando un vistazo a la historia, no somos los primeros ni los únicos en estar confinados: hace más de 3.000 años que el aislamiento se usa para enfrentarse a pandemias, pero no fue hasta la plaga de Justiniano en el siglo VI dC cuando se tomaron medidas de aislamiento masivo –en ocasiones, sesgadas y elitistas– y que se repitieron en el Imperio bizantino, para acabar creando ese concepto que hoy conocemos como cuarentena.

Historia de la cuarentena

El aislamiento social se convirtió en una norma frente a cualquier enfermedad contagiosa, incluso superó fronteras: el primer hospital islámico de Damasco, construido allá por el año 706 por el califa omeya Al-Walid, ya incluía secciones específicas para aislar a enfermos de, por ejemplo, lepra. Las leproserías acabaron por extenderse por toda Europa para aislar a los enfermos. Sin embargo, aún hablamos de aislamiento social en esta época y no de cuarentena, porque no fue hasta el pleno apogeo de la peste negra, en el siglo XIV, cuando el quarantino vio la luz: el puerto adriático de Ragusa –ahora Dubrovnik– se vio obligado a confinar a barcos y población hasta comprobar si tenían la peste o no. El ciclo de esta enfermedad, es decir, el tiempo entre la infección y la muerte, no llegaba a los 40 días. «Cualquiera que venga de una zona infestada por la peste no podrá entrar en Ragusa o su distrito hasta haber sido desinfectado durante un mes en la isla de Mrkan o en la ciudad de Cavtat», escribía el alcalde de la ciudad en 1377 en la primera orden de cuarentena de la historia. Pero los médicos de la época, vista la gravedad de la enfermedad, decidieron alargar ese aislamiento hasta un quarantino.

Con esta orden, la peste negra marcó un punto de inflexión y las enfermedades infecciosas empezaron a controlarse con el confinamiento y la construcción de centros de aislamiento, como los surgidos en toda Europa para confinar a los apestados hasta su muerte o recuperación. Surgieron en esa época medidas de prevención que, aunque de forma menos sofisticada, no difieren tanto de las que hoy aplicamos, como el saneamiento de lugares y objetos o el tratamiento de los cadáveres segura.

Durante los siglos posteriores, guardias armados aplicaron por toda Europa las medidas de confinamiento ante enfermedades infecciosas con «mano dura», aunque en ocasiones fueron los propios ciudadanos los que decidieron aplicárselas de forma voluntaria: por ejemplo, cuando un brote de peste bubónica llegó al municipio inglés de Derbyshire de Eyam en el siglo XVII, sus habitantes se pusieron en autocuarentena durante 14 meses para evitar propagar la enfermedad.

Con los avances que llegaron de la mano de la investigación, en el siglo XIX el aislamiento social adquiere base científica gracias a la labor de los médicos y a conceptos como el periodo de incubación. Así, la cuarentena se extiende y acepta en todo el planeta como medida de contención ante cualquier pandemia, aunque no siempre fuese la más adecuada: en ese mismo siglo, fiebres tifoideas y cóleras confinaron a cientos de personas en cuarentenas con sesgos racistas que, en muchas ocasiones –especialmente en Estados Unidos–, solo afectaban a migrantes. Sin embargo, en 1918, la llegada de la epidemia de fiebre española a Europa hizo que medidas hoy familiares para nosotros –como la adecuada higiene personal, el aislamiento de infectados y el cierre de lugares públicos– se generalizasen en nuestro continente y fuera de él. Este brote fue el detonante que provocó que, durante principios del siglo XX, se destinasen medios científicos y médicos a estudiar los beneficios de las cuarentenas.

Con el desarrollo de antibióticos y vacunas impulsado a partir de los años 50, el aislamiento social se configuró como la última de las opciones que solo se ha aplicado en momentos muy puntuales. O, al menos, así fue hasta comienzos de este siglo, tras el impacto económico y vital del SARS en China y Canadá o del ébola en el continente africano. Sin embargo, medidas como las que ahora se están llevando a cabo para frenar la expansión del coronavirus apenas tienen precedentes contemporáneos que puedan servir de referencia en la mayor parte de los países del mundo.

El confinamiento en época de coronavirus

La revolución digital y los avances tecnológicos hacen de este nuevo aislamiento social una medida menos dolorosa que el que sufrieron los afectados por la peste o la conocida como gripe española. Aunque la vida se para, parte de la población puede seguir trabajando a distancia desde casa con su ordenador, desde el que también puede optar a un infinito catálogo de ocio, conversar viendo la cara a sus familiares y amigos o hacer la compra para que, al llegar al supermercado, solo tenga que recogerla y minimizar así los contactos durante el confinamiento. Además, los avances científicos y médicos hacen mucho más llevaderas estas enfermedades y consiguen resultados más favorables, incluso permiten a los ciudadanos en cuarentena ayudar desde casa: a principios del siglo pasado, ni siquiera en sueños se podían imaginar que, ante la falta de respiradores en un hospital, hubiera investigadores que se lanzase a fabricarlos con impresoras 3D.

Sin embargo, pese a todos los avances de la ciencia y la medicina en los últimos siglos, el aislamiento social continúa siendo una medida eficaz para frenar los contagios y evitar que los más vulnerables padezcan las consecuencias de un virus que nos deja un futuro incierto mientras paraliza hoy el mundo: quedarse en casa, trabajando o no, ayuda a minimizar los contagios y reduce el riesgo para toda la población.

Por ETHIC

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