Transparencia: cuando el término medio no es equidistante

La sabiduría popular, sabia porque es fruto de la experiencia y el consenso, reza que la virtud está en el término medio. Pero el término medio no es la mitad matemática entre dos alternativas, sino la posición más eficiente para el bienestar social.

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Aristóteles ya diferenciaba entre “el término medio de la cosa”, que es siempre algo que posee magnitud, y “el término medio para nosotros”, que es “lo que no sobra ni falta, y no es único ni igual para todos”. El primero se puede medir, pero el segundo se debe gestionar como una zona de encuentro entre los intereses de dos personas o entre los particulares y los generales.

La medianía no solo puede generar injusticia, sino también paralizar el proceso de decisión. No cabe la equidistancia ante la desigualdad. En la comunicación médica, el término medio equivaldría al concepto de “la verdad tolerable”, aquella que resulta más beneficiosa para el paciente a la hora de asumir un diagnóstico y su consiguiente tratamiento.

Empresas e instituciones están sometidas en la actualidad a una enorme demanda de transparencia. Ello es así por dos razones: la primera es un largo período de oscuridad al amparo de una época de ilusoria prosperidad en los países más desarrollados; la segunda es la capacidad otorgada al individuo por los sistemas de información para participar en la construcción de la opinión pública y, a través de esta, también en la publicada.

Nuria Vilanova, presidenta de la consultora Inforpress, sostiene que cada ciudadano ejerce un micropoder fundamentalmente a través de la comunicación. Se está produciendo una transferencia de poder desde las instituciones a las personas que actúan cooperativamente en red. Los micropoderes se manifiestan a través de la denuncia, la queja y la propuesta. El deseo de participación que llevan implícito puede facilitar el perfeccionamiento del sistema democrático, sobre todo mediante una mayor conexión entre legisladores y ciudadanos.

La revolución que cataliza Internet está logrando un cambio en el paradigma de la formación de la opinión pública, que ya no solo se alimenta de los juicios que emiten las élites a través de los medios de comunicación (la publicada), sino también de sí misma mediante conexiones horizontales a través de las redes sociales. Tanto es así que ahora son los propios medios convencionales quienes reflejan con frecuencia los movimientos de opinión que se producen en las redes.

Carlos Balado, director de Comunicación del Banco Popular, sostiene que la diferencia más relevante entre los medios de comunicación y las redes sociales es que los primeros actúan con una voluntad de reflexión y los segundos por reflejo. El impulso colectivo para que la transparencia no sea un mero argumento de propaganda tiene un claro reflejo en la opinión pública, pero las respuestas deben ser reflexivas para garantizar su eficacia.

Término medio y reflexión han de ser los criterios que guíen el avance de la transparencia en todo tipo de organizaciones en función de su naturaleza, misión y recursos que utiliza. Es evidente que la actividad política, que es financiada con el dinero de los contribuyentes, requiere el máximo nivel de transparencia que sea útil para la administración del interés general. Y también lo es que la actividad empresarial debe avanzar en los mecanismos de comunicación con sus grupos de interés, pero dentro de los límites que aseguren un equilibrio entre ellos mismos y preserven determinados espacios que son inherentes a la competitividad. Es el caso de la estrategia, que no puede someterse a una exposición general y pública, porque tal ejercicio facilitaría la tarea de los competidores y empobrecería la sana competencia entre empresas de un mismo sector.

Las empresas deben fomentar el diálogo con los organismos que regulan los mercados para articular nuevas respuestas a la exigencia de más transparencia por parte de una sociedad muy cabreada con las sombras de un sistema manifiestamente mejorable. En esta reflexión han de participar agrupaciones que faciliten el consenso y añadan legitimidad colectiva a las decisiones en materia normativa. El consenso es esencial para que la transparencia sea más un hábito que una obligación, una “disposición voluntaria adquirida” en palabras del filósofo griego.

En el mundo empresarial la virtud de la transparencia se encontrará siempre más cerca de los intereses del accionista minoritario que de los del mayoritario, más próximo al criterio del regulador que al lógicamente más restrictivo del gestor, más exigente con el directivo que con el empleado, aunque ambos entiendan que compartir información es una actitud más que una obligación.

En cualquier caso, la mejor forma de encontrar el término medio es practicando la transparencia, adquiriendo un hábito hasta convertirlo en virtud.

José Manuel Velasco es presidente de la Asociación de Directivos de Comunicación (Dircom)

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