Construir confianza, propuestas desde la Ética para la empresa sostenible

La empresa sostenible, y su proyección ética en la sociedad, resultará clave para recuperar todo ese capital de confianza que se ha perdido desde que estalló esta crisis tan conectada a las malas prácticas.

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Atribuyen A Milton Friedman una especie de boutade que, aunque sea apócrifa, no deja de tener su aquel. Dicen que dijo: “Los paradigmas no cambian porque la gente se vaya concienciando al respecto; cambian porque unos mueren y los reemplazan otros más jóvenes”. Bajo lo provocativo del tono hiperbólico, sin embargo, permanece una intuición que siempre ha estado presente en el diseño de planes organizativos viables y realistas: la que busca manejar la doble palanca de la convicción, de una parte, y de la compulsión, de otra. Del cestillo de zanahorias en una mano y del palo correspondiente en la otra. Pongamos el foco en las relaciones entre empresa y sociedad y veamos en qué queda aquella afirmación.

Empresas hay de muchos tipos, cierto es. Unas son pequeñas; otras, medianas. Algunas, micro. Otras, enormes: globales, con un poderío tremendo a la hora de hacer sonar la música que luego nos toca bailar a todos…

Y sin duda, en el haber de la empresa hay muchos rubros: crean empleo; fabrican bienes o prestan servicios con los que satisfacemos las necesidades; innovan y hacen que el mundo –al menos, algunas partes del mundo- se desarrolle y que las sociedades progresen…

¿Y en el pasivo? No es cosa de acumular los ejemplos concretos. Baste decir que algunas empresas han hecho las cosas de tal manera, han causado tanto daño –desde la contaminación al trabajo esclavo; desde la conculcación de los derechos humanos al desarrollo de productos nocivos…– que no acaba uno todavía de entender cómo es que no han sido ya cerradas, prohibidas a perpetuidad, quitadas de en medio sin contemplaciones. Viene uno tentado a esbozar una sonrisa cínica cuando oye aquello de que las empresas tienen que ganarse y mantener la licencia para operar. Bien. Hasta donde a mí se me alcanza, no encuentro, no recuerdo haber encontrado un solo estudio empírico en el que se demuestre que alguna de las compañías–y aquí, sin duda, debieran entrar con alfombra roja los bancos y otras entidades financieras, en buena parte responsables directos de la pertinaz crisis que nos desmoraliza–; algunas de las compañías, digo, convictas o confesas de mala praxis, haya perdido la dichosa licencia para operar. Habrán podido sufrir -¡quién lo duda!- una crisis de legitimidad más o menos seria; pero ahí siguen. Si acaso, mutan un tanto, tras la catarsis… pero continúan llevando a cabo business as usual.

Ahora bien, las cosas, sin embargo, no vuelven nunca más a ser lo mismo. El oleaje superficial, ciertamente, acaba amainando: el músculo financiero y una buena campaña de imagen suelen acabar por remansar las aguas reputacionales. Pero, más al fondo del proceso, queda dañada la confianza: la quintaesencia de lo intangible –confianza viene de fides, fe; como crédito se emparenta con creer, credere-; confianza que es la verdadera condición de posibilidad de una relación estable, sostenible y mutuamente beneficiosa entre la empresa y la sociedad.

Si pensáramos con calma, seguramente seríamos capaces de extraer lecciones muy sustanciosas en medio de la crisis. Por mi parte, señalaré una tesis –que se me ofrece con total evidencia- y dos corolarios que apuntan a una inaplazable apuesta por la ética y el buen hacer.

La tesis puede quedar formulada en los términos siguientes: “Hay que establecer un nuevo contrato social entre las empresas y la sociedad que asuma como fundamento de la relación el comportamiento responsable. Responsabilidad, sí, de la empresa. Pero responsabilidad, también, de todos los stakeholders, que somos sujetos, no solo con intereses legítimos que defender, sino también agentes corresponsables de lo que las empresas acaban haciendo”.

El primer corolario rezaría así: “Nunca más debemos tolerar la mezcla explosiva de unas malas condiciones productivas unidas a pautas de consumo poco éticas”. El segundo, de esta otra manera: “No volvamos a caer en la trampa de comprar lo que no necesitamos con dinero que no tenemos… al final tampoco con ello conseguimos ser más felices”.

En definitiva: la lucidez habrá de imponerse –y eso habla ante todo desde la orilla de lo social-; y la confianza tendrá que reconstruirse –y aquí la pelota pasa al terreno de la empresa responsable y sostenible. Solo desde ahí estaremos sentando bases firmes para salir de verdad –reforzados, incluso- de la crisis que desde tantos años venimos padeciendo.

José L. Fernández Fernández es catedrático de Ética económica y empresarial en la Universidad Pontificia Comillas 

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