Necesitamos buenos gobernantes; en la empresa también

La buena gobernanza de las organizaciones en todas sus facetas ha captado la atención de muchos inversores en los últimos años. Así, han surgido índices bursátiles que incorporan requisitos sociales, ambientales y de buen gobierno a sus componentes y que han demostrado ser una estrategia eficiente de inversión.

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Consultando los últimos barómetros del CIS, uno se da cuenta de que no corren buenos tiempos para el político de carrera. Uno de cada cuatro ciudadanos considera que los políticos son el principal problema que existe actualmente en España. El ciudadano no está contento con sus elegidos. “¡No nos representan!”, rezan algunos panfletos. Pero, ¿por qué tanto desencuentro? La corrupción es un factor muy importante, pero aun cuando no la hay, el ciudadano muestra una duda metódica con respecto a los agentes políticos. ¿Están verdaderamente anteponiendo los intereses de la sociedad a los suyos propios? La respuesta, como vemos, suele ser que no.

Esta misma dinámica se produce a nivel ciudadano con respecto a las empresas. Según uno de los últimos Eurobarómetro, un 43% de los españoles considera que la influencia de las empresas sobre la sociedad es negativa. Esto posiblemente no pillará por sorpresa a nadie, pero, si bien se mira, es un escándalo de magnitudes excepcionales. El sector privado no es una cuestión menor, todo lo contrario. Representa casi dos tercios del PIB y genera más del 80% del empleo en España. Por si fuera poco, el 100% de los ciudadanos somos consumidores de sus bienes y servicios. En este sentido, la huella de las empresas en la sociedad es de proporciones mayúsculas y, en consecuencia, una sociedad no puede ser del todo funcional cuando casi la mitad de la población cuestiona su principal fuente de riqueza y soporte de su bienestar.

De la misma manera que ocurre en la clase política, la duda metódica se manifiesta en el cuestionamiento de si las empresas anteponen sus intereses propios a los de la sociedad a la que pretenden dar servicio. Como es lógico, las empresas tienen un interés legítimo en el desarrollo de su actividad mercantil y en maximizar sus beneficios. Para eso precisamente han sido creadas. El problema puede surgir cuando la empresa utiliza los recursos de manera irrespetuosa o ilegítima. De ahí surge precisamente el concepto de buen gobierno.

El buen gobierno de las organizaciones, en sentido estricto, se refiere a la administración diligente y fiel de los recursos de capital que aportan los inversores. Una empresa, en este sentido, está mal gobernada cuando sus directivos anteponen sus intereses particulares a los de sus inversores. Interiorizar este concepto es muy importante ya que en el imaginario popular suele ver a los inversores como culpables y no como víctimas. Sin embargo, la historia corporativa reciente nos muestra una gran cantidad de ejemplos en los que los inversores son precisamente los agraviados. Desfalcos, emisiones de activos tóxicos, créditos personales a directivos poco decorosos, el uso y abuso en la adjudicación de opciones sobre acciones (stock options) o accionistas a los que no se permite ejercer plenamente sus derechos políticos. No debemos olvidar que un inversor no es ese estereotipo que vemos en las películas, con aspecto grave y un largo puro. Un inversor es o puede ser cualquiera de nosotros, a través de nuestros planes de pensiones o sistemas de ahorro, y merece las mismas garantías y protección que cualquier otro grupo de interés.

Pero más allá de los accionistas, la gobernanza implica una gestión diligente y fiel de otros recursos más allá de los de capital. Los recursos naturales e inputs de producción, la honestidad y buena fe respecto de sus clientes, el cuidado y la apuesta por el bienestar de sus empleados o facilitar el desarrollo de sus proveedores, son algunos ejemplos de buena gobernanza de las compañías. En este sentido, el prestigioso economista de Harvard Michael E. Porter – padre de la estrategia empresarial moderna- ha acuñado el concepto de creación de valor compartido. Esto significa, en esencia, que las organizaciones no solo deben potenciar y medir el valor que crean para sus accionistas, sino el valor que crean para la sociedad en su conjunto con especial atención a sus grupos de interés: clientes, proveedores, empleados, sociedad civil, medio ambiente, etc. De esta manera, el foco estratégico de las empresas se desplaza de su inversor (antes en exclusividad), a toda esa red de grupos de interés, de manera que las organizaciones crean ecosistemas socio-económicos propios que deben cuidar.

Este fenómeno de la buena gobernanza de las organizaciones en todas sus facetas ha captado la atención de muchos inversores en los últimos años. Así surgen índices bursátiles que incorporan requisitos sociales, ambientales y de buen gobierno a sus componentes, que han demostrado ser una estrategia eficiente de inversión. Por otro lado, el volumen de inversión con estos criterios supera en más de quince veces el valor de toda la bolsa española. Esta realidad confirma la hipótesis de la creación de valor compartido, esto es, que crear valor para la sociedad es crear valor para el accionista. Los inversores ya han captado el mensaje. Es hora de trasladarlo a la sociedad.

Jaime Silos es director de desarrollo corporativo de Forética 

Etiquetas: Opinión

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